Seguramente te pasó alguna vez que, a pesar de estar muy cansado, al acostarte y relajar tu cuerpo, la mente continuaba tan activa que dormir se volvía imposible. O que, aunque lograste dormir enseguida, al cabo de algunas horas te despertaste nuevamente y te costó volver a conciliar el sueño. Por ello, hablamos de insomnio.
Muchas veces, los estímulos a los que estamos expuestos durante el día —las pantallas de la computadora, los celulares, las luces, los mensajes, las llamadas, el estudio, el trabajo o las responsabilidades familiares— hacen que nuestra mente permanezca activa durante la noche e impidan un descanso reparador.
En ocasiones, los pensamientos aparecen de manera automática y recurrente. Son esos que más nos distraen o molestan. Incluso pueden presentarse pensamientos intrusivos: ideas o imágenes persistentes que surgen una y otra vez, que percibimos como involuntarias y, muchas veces, sin sentido.
Es imposible no pensar. De hecho, nuestra mente está constantemente procesando información, intentando organizar experiencias, resolver situaciones y encontrar sentido a lo que nos rodea.
¿Qué podemos hacer?
Mantener las rutinas del sueño: Es importante conservar un horario regular para acostarse y levantarse. Cuando el cuerpo se acostumbra a una rutina, le resulta más fácil prepararse para descansar.
Respirar lentamente: Concentrarse en la respiración puede ser de gran ayuda. Técnicas como la 4-7-8 (inhalar durante cuatro segundos, mantener el aire siete segundos y exhalar durante ocho segundos) ayudan a disminuir la activación del organismo y favorecen la relajación.
Desconectarse: Desconectarse mentalmente de lo sucedido durante el día también es importante. Muchas veces la cabeza se centra en los problemas, en las tareas pendientes o en preocupaciones futuras. Para tomar distancia de esas inquietudes, puede ayudar una ducha relajante, una cena liviana, apagar el celular o simplemente dedicar unos minutos a una actividad que genere calma.
El descanso también se construye durante el día
El descanso no comienza cuando nos acostamos, sino mucho antes. La forma en que atravesamos el día, el tiempo que dedicamos a nosotros mismos, los espacios de pausa y la manera en que gestionamos el estrés influyen directamente en nuestro bienestar. Incorporar hábitos saludables no solo favorece un mejor descanso, sino también una mayor claridad mental y una mejor calidad de vida.
Aprender a reconocer las señales que nos da el cuerpo y respetar nuestros tiempos también forma parte del autocuidado.
No siempre es posible evitar las preocupaciones o las exigencias cotidianas, pero sí podemos desarrollar recursos que nos ayuden a afrontarlas de una manera más saludable. Al fin y al cabo, descansar no es un lujo, sino una necesidad para cuidar nuestra salud física y emocional.
Marina Rodríguez Lasso/@lic.marinarodriguezlasso
Valeria Bronstain/@bronstainvaleria

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