Fragmentos de un diario adolescente

Una invitación a leer lo que a veces no sabemos cómo decir. “Hoy me vine a dormir a lo de mi viejo. Acá estoy encerrado en la pieza y él invitó a unos amigos. No sé para qué carajo me invita si al final está con sus amigos. Y si no vienen sus amigos me va a empezar a decir que hagamos algo. Me propone un montón de planes que, la verdad, me da una fiaca espantosa hacer. No sé, mi vieja tampoco es la gloria, pero por lo menos estoy en mi casa. Pueden venir mis amigos, tengo mis cosas, tengo ganas de hacer mi vida. Siempre estoy teniendo que hacer lo que a ellos se les cante.” Compartimos fragmentos de un diario adolescente.

Mati, 15 años

Sí, los adolescentes se contradicen, se desdicen. A veces quieren algo con todas sus fuerzas y, cuando finalmente lo consiguen, no muestran ningún tipo de felicidad. Piden que los dejemos tranquilos, pero cuando los dejamos tranquilos los escuchamos suspirar, como llamándonos discretamente, como si fuese algo que nosotros tendríamos que saber descifrar por el solo hecho de ser padres.

Quieren independencia, pero no necesariamente soledad: necesitan sentir que pueden alejarse sin que dejemos de estar ahí. Mati lo expresa con claridad: pide que esté su papá, disponible, sin distraerse con sus amigos. No al lado, no en su habitación, no constantemente planteándole planes ni promocionando su compañía como si fuese algo que él tuviera que elegir o comprar, sino simplemente que esté disponible.

Pero Mati también dice algo más. Cuando habla de la casa de su mamá, habla de “mi casa”, de sus amigos, de sus cosas, de poder hacer su vida. Mati, sin saberlo, está pidiendo a gritos identidad. Sus cosas, su casa, sus amigos lo representan, hablan de quién es, de ese mundo propio que está construyendo. Y quizás quiera poder tener algo de ese espacio también en la casa de su papá, pero no sabe cómo. Él tampoco tiene la respuesta.

Y su papá también lo quiere. No lo entiende, pero lo adora con todo su corazón. Y quizás también le duela dejar de ser ese ídolo que representó durante tanto tiempo para Mati.

Invitó a sus amigos pensando que así su hijo podría sentirse libre de ocupar su propio espacio, ser independiente, hacer la suya, sin tener que estar todo el tiempo sosteniendo su bienestar. Pero eso también parece enojarlo.

Entonces, el papá, Mati y todos los que están alrededor empiezan a quedarse sin respuestas. Ya nadie sabe muy bien qué hacer para que Mati esté un poco más contento.

¿Y si el problema fuera justamente pensar que alguien tiene que saberlo?

Quizás Mati todavía no sabe qué necesita de su papá. Y quizás su papá tampoco tenga que encontrar la fórmula exacta para hacerlo feliz. Tal vez haya algo de este momento que tengan que ir descubriendo juntos.

Porque él está aprendiendo a ser Mati, y su papá también está aprendiendo a ser el papá de este nuevo Mati.

Quizás acompañar a un adolescente tenga algo de eso: animarnos a no saber por un rato. Y entender que no solamente tenemos que aprender a sostener su angustia, sino también nuestra propia angustia frente a la suya.

Esa urgencia que a veces sentimos por verlo bien, por encontrar la respuesta, por hacer algo que le devuelva rápidamente la sonrisa. Porque quizás acompañar no siempre sea lograr que deje de estar triste, enojado o confundido. A veces será poder quedarnos cerca mientras lo está, sin sentir que necesariamente tenemos que sacarlo de ahí.

Seguir estando, seguir mirando, seguir preguntándonos quién es este hijo que está apareciendo frente a nosotros, sin apresurarnos a convertir cada gesto suyo en un problema que tenemos que resolver.

Tal vez la pregunta no sea solamente “¿qué hago para que esté contento?”, sino también: “¿cómo puedo estar cerca mientras él mismo descubre qué necesita de mí?”

Macarena Sánchez Navarro

Lic. en Psicología M.P. 3130 Psicóloga clínica @psi.cuentaconmigo Adolescentes y familias Ámbito hospitalario y práctica privada.

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