Diciembre suele llegar con una consigna implícita: hacer balance
Como si la vida pudiera colocarse sobre una balanza y, al final del año, hubiera que decidir qué pesó más: lo bueno o lo malo, lo logrado o lo pendiente.
El problema es que esa balanza casi nunca está equilibrada.
Y no porque el año haya sido “negativo”, sino porque solemos mirar siempre el mismo lado: el que parece más vacío.
Cuando se acompaña de cerca a mamás que crían solas, esa imagen se vuelve muy clara. La balanza suele inclinarse hacia lo que faltó, lo que no se pudo, lo que quedó a mitad de camino. Rara vez hacia todo lo que fue necesario sostener para que la vida siguiera en pie.
La experiencia clínica evidencia que la vida psíquica no se organiza en torno a resultados inmediatos, sino a través de procesos internos que no siempre se ven. Y diciembre, con su invitación permanente a evaluar, suele reforzar una mirada exigente que deja fuera gran parte de ese trabajo invisible.
Cuando el balance se hace con una sola parte
El año no siempre se mide en hechos destacados ni en logros visibles.
Muchas veces se mide en sostener.
Sostener decisiones, rutinas, vínculos y estados emocionales.
Sostener el cansancio, la carga mental y la responsabilidad cotidiana, aun cuando no hay demasiado margen para el error ni espacio para el descanso.
Sin embargo, ese sostén rara vez entra en la balanza.
No porque no tenga peso, sino porque no se ajusta a los criterios habituales con los que solemos evaluar un año.
Así, diciembre se convierte con facilidad en un tribunal interno donde la balanza ya está inclinada de antemano.
El desbalance que no solemos mirar:
Desde la psicología, sabemos que el crecimiento no siempre se expresa en cambios visibles. Muchas veces ocurre en silencios, en pequeñas regulaciones internas, en una relación menos hostil con una misma.
Ese crecimiento no hace ruido, pero sostiene.
El problema no es que la balanza esté desbalanceada, sino, que el problema es que casi siempre miramos el mismo lado.
Miramos lo que faltó, lo que no fue, lo que podría haber sido distinto. Y dejamos fuera del registro todo lo que sí estuvo: el esfuerzo, la constancia, la fuerza cotidiana.
Diciembre como otra forma de balance:
Tal vez diciembre no sea el mes para equilibrar la balanza.
Tal vez sea el momento de cambiar la forma de mirarla.
De incluir en ese balance no solo los resultados, sino también los procesos.
No solo lo visible, sino lo sostenido.
Porque agradecer no siempre es celebrar un año perfecto.
A veces, agradecer es reconocer que, aun con la balanza inclinada, se siguió adelante.
Y eso —desde una perspectiva psicológica— también es una forma de cuidado.
También es una manera de agradecerse.
Marisa Krasnoff – Lic. en Psicología
Terapeuta de mamás que crían solas
Psicóloga
Especialista en Mamás que crían solas.

