Vínculos que cuidan: entre el respeto, el conflicto y el lugar del otro

“Quiero que me respete.” Es una frase que aparece con frecuencia en la consulta, especialmente cuando hablamos de adolescentes. Suele emerger en momentos de tensión, de discusiones, de respuestas que incomodan o de actitudes que descolocan. Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué estamos nombrando realmente cuando hablamos de respeto.

Porque, ¿a qué nos referimos cuando decimos que un adolescente “no respeta”?

¿A qué no obedece?, ¿Qué cuestiona?, ¿Por qué se enoja?, ¿A que no responde como esperamos?

En muchos casos, lo que aparece bajo la palabra respeto no es tanto la construcción de un vínculo, sino la expectativa de que el otro no confronte, no incomode o no desestabilice el lugar adulto. Y es ahí donde se produce un desplazamiento sutil pero significativo: dejamos de hablar de respeto para empezar a hablar, sin nombrarlo, de control.

La adolescencia, por definición, es una etapa de cuestionamiento. Es el momento en el que ese niño que aceptaba sin demasiadas preguntas comienza a diferenciarse, a construir criterio propio, a probar, a oponerse, a marcar distancia. Y ese movimiento, que muchas veces se vive como desafío, no es un error del vínculo: es parte del proceso de crecimiento.

Ahora bien, que el adolescente cuestione no implica que todo sea válido. Pero sí nos invita a revisar desde qué lugar respondemos los adultos. Porque no es lo mismo sostener un límite desde una posición clara y respetuosa, que exigir obediencia bajo la idea de “me tenés que respetar porque soy tu madre o tu padre”.

Cuando el respeto se exige, muchas veces se vacía de contenido. Se convierte en una demanda unilateral que no habilita la construcción, sino que intenta imponer una jerarquía sin mediación. En cambio, cuando el respeto se construye, implica necesariamente reconocer al otro como sujeto: con pensamientos propios, emociones intensas y, muchas veces, modos todavía inmaduros de expresarlas.

En este punto, aparece una de las mayores tensiones en la crianza de adolescentes: cómo sostener el lugar adulto sin anular al otro.

Porque el desafío del adolescente no solo pone a prueba los límites, sino también la consistencia del adulto. Nos confronta con nuestras propias dificultades: tolerar la frustración, sostener decisiones en medio del enojo ajeno, no reaccionar impulsivamente frente a una respuesta desafiante, no escalar el conflicto desde la autoridad.

Y esto no es menor. Muchas veces, frente al desafío, los adultos oscilan entre dos extremos: o se endurecen, intentando recuperar el control a través de la imposición, o ceden, evitando el conflicto para no tensar el vínculo. Sin embargo, en ambos casos, algo del lugar adulto se pierde.

Sostener ese lugar no implica ganar la discusión, ni lograr que el adolescente esté de acuerdo. Implica poder decir “no” cuando es necesario, incluso si eso genera enojo. Asimismo, implica marcar un límite sin humillar, sin descalificar, sin entrar en una lucha de poder. Implica, también, poder diferenciar entre lo que es una falta de respeto y lo que es una expresión emocional desbordada que necesita ser encauzada.

Porque un adolescente puede enojarse, puede levantar la voz, puede decir cosas que incomodan… y eso no necesariamente es falta de respeto. Muchas veces es torpeza emocional, es intensidad, es búsqueda de lugar. Y ahí el adulto tiene una función clave: no devolver con la misma intensidad, sino traducir, ordenar y poner palabras donde todavía no las hay.

Desde esta perspectiva, el respeto no es silencio, ni obediencia, ni ausencia de conflicto. El respeto se construye en un vínculo donde ambas partes tienen lugar, pero no el mismo rol. Donde el adulto sostiene la responsabilidad de orientar, incluso cuando el otro no está de acuerdo.

Tal vez, entonces, la pregunta no sea solo si el adolescente respeta, sino también qué modelo de respeto estamos ofreciendo.

Si habilitamos el diálogo o solo exigimos acatamiento.

También si escuchamos o solo corregimos.

Si acompañamos el proceso o intentamos controlarlo.

Porque construir respeto no es evitar el conflicto. Es poder habitarlo sin romper el vínculo.

Y en la adolescencia, más que en ningún otro momento, eso se vuelve central.

No se trata de que el otro no desafíe. Se trata de qué hacemos nosotros con ese desafío.

Porque no es lo mismo exigir respeto, que construir un vínculo donde el respeto tenga lugar.

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Natalia Ugalde

Counselor y Coach Infantojuvenil y Familiar. Tesista en Niñez, Adolescencia y Familia. Instagram: @natipowerbambu Correo: natiugaldesoy@gmail.com www.linkedin.com/in/nataliaugaldecrianza

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