Ser felices: ¿mandato o elección?

Hay varias canciones como “soy feliz” de Ricardo Montaner y “que seas feliz” interpretada por Luis Miguel, entre otras, que hacen referencia a ser felices y la felicidad.

¿Qué es la felicidad?

La felicidad desde la psicología es un estado interno de bienestar subjetivo. No se refiere a la ausencia de problemas sino a la capacidad de sentir emociones placenteras a través del tiempo. La felicidad está impulsada por el cumplimiento de deseos y propósitos que tenga cada persona. No hay requisitos que nos abran la puerta a la felicidad ya que existen una gran variedad de metas y deseos que pueden ayudar a que alguien sea feliz.

Ser felices parece haberse convertido en el mandato de moda, mucha gente dice ¡quiero ser feliz! Incluso un paciente me lo planteó como motivo de consulta.

El problema es que muchas veces lo que tendría que pasar para que alguien sea feliz no depende solamente de él o ella ya que son situaciones que están fuera de su control como tener un buen vínculo con la familia que sus seres queridos estén bien etc. Si depositamos nuestra felicidad en el exterior sin tomarnos el trabajo de buscarla dentro nuestro nos vamos alejando de ella. No podemos poner en los hombros de otros la tarea de que nos haga felices porque nadie tiene esa misión en esta vida. Además, eso implica no hacernos cargo de reflexionar acerca de las consecuencias de las decisiones que tomamos día tras día. La felicidad requiere trabajo no es algo que aparece por arte de magia.

Es fundamental que entendamos que todas las emociones forman parte de la vida ý tienen una función determinada. Darles el tiempo que necesitan y transitarlas sin poner obstáculos en el camino es lo mejor que podemos hacer en nuestro favor.

Y en este entender que todas las emociones son dignas y merecidas de ser vividas, hay una pregunta que mientras escribo estas líneas llega a mí: ¿Cada cuánto me permito validar mis emociones? ¿Cada cuánto me permito sentir amor, alegría, cansancio, tensión, temor, tristeza? ¿Me lo permito? ¿Me lo han permitido en el sistema de donde vengo?

Todas nuestras emociones son dignas de ser vividas, y cuando hablamos de todas también nos referimos a las más duras, las más complejas del ser humano.  Hay una frase que leí una vez en un libro que decía “No me quieras un 50%, quiéreme un 100% con todo lo que soy. A veces la vida nos invita a ver una parte de ella, quizás la más difícil de reconocer. Aquella que muchas veces se ve en el silencio de la noche, en el crudo de una hoja por escribirse, en el sillón del terapeuta, en los pañuelos de la vida.

Me resulta interesante preguntarnos ¿Qué nos pasó para rechazar todo indicativo de dolor? Y también la invitación a una felicidad que se lleve una gran máscara que nos tape la humanidad, la igualdad, la validación, la realidad.

Quiero compartir algo que viví hace unos años y que ilustra perfectamente esta imposición de la felicidad. Subí al colectivo para ir a trabajar; era un viaje largo y el vehículo se llenó rápidamente. En una de las paradas, subió una mujer joven con su bebé en brazos. Alguien le cedió el asiento y, de inmediato, el bebé empezó a llorar.

Observé las reacciones a mi alrededor. El ambiente se tensó. Algunos sugerían soluciones con tono de reclamo: «Seguro tiene hambre», «Tiene sueño», «Deberías hacer esto o aquello». Pero lo que más me impactó fue la incomodidad colectiva. Las expresiones de molestia reflejaban que ese llanto estaba «mal», que alteraba el orden y estorbaba el viaje de los demás. Presionada por las miradas y los comentarios, la madre se vio obligada a bajarse mucho antes de su destino. En cuanto cruzó la puerta, el bebé se calló. Se hizo un silencio denso y una pasajera acotó: «Uf, ahora hay paz».

Este episodio me hizo pensar en cómo nos incomoda el dolor o el descontento ajeno. Parece que hoy la felicidad es una obligación y no hay espacio para las emociones «poco gratas», ni siquiera en un bebé.

Tal vez porque vivimos en una cultura que nos pide estar bien demasiado rápido. Una cultura que muchas veces no sabe qué hacer con lo que duele, con lo que desborda, con lo que no puede resolverse en cinco minutos.

Como aromaterapeuta el gran desafío actual es enfrentarme a las respuestas rápidas o las recetas mágicas que muchos piensan que así funcionan los aceites esenciales. Tenemos etiquetas que nos venden “Alegría” “Calma” “Felicidad”. A nivel marketing posiblemente esos productos tengas millones de ventas, pero a nivel profesional y terapéutico la realidad es otra ..

La vida humana no es solamente alegría. No es solamente bienestar. No es solamente éxito, calma y productividad.

La vida también es pérdida, espera, frustración, cansancio, contradicción y vulnerabilidad. Es humano lo que nos sucede a los humanos… literal.

Y quizás la verdadera felicidad no tenga que ver con negar todo eso, sino con poder vivir de una manera más completa, más honesta y más humana.

Tal vez ser felices no sea estar siempre bien.

Tal vez ser felices también implique permitirnos sentir, reconocer lo que nos pasa, pedir ayuda, dejar de fingir fortaleza y abrazar la totalidad de lo que somos.

Porque no hay bienestar profundo donde una parte de nuestra humanidad queda excluida.

Y todas nuestras emociones, incluso las más incómodas, merecen un lugar.

Nayla Holgado -  Psicóloga Social /Aromaterapeuta/ Especialista en Psicoaromaterapia IG: @cuyenaromaterapia
Alejandra Gonzalez - Psicologa /sexóloga clínica/ terapéuta sexual- IG:@alejandragonzalezpsicologia

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