Sin dudas uno de los momentos que más ansiedad genera, cuando atravesamos una patología, es el tiempo de espera que hay entre el día que el profesional médico solicita la realización de un estudio para confirmar el diagnóstico y el momento en que efectivamente esa información llega a nuestros oídos. Hoy: El conflicto de diagnóstico.
La carga emocional, el miedo, las referencias de alguien que tenía síntomas similares, la información que leemos en las redes sociales, lo que descubrimos en Google, y la creencia de que si un ancestro padeció “eso” posiblemente seamos portadores de la misma enfermedad. Todo ello, es un combo explosivo que puede detonar, incluso, antes de saber qué tenemos realmente.
Es lo que, desde la mirada de la Decodificación Biológica, se conoce como “Conflicto de Diagnóstico”.
Está demostrado que todo el estrés que se produce durante esa etapa al igual que al conocerse los resultados pone al paciente en un lugar de mayor vulnerabilidad y lo enferma, incluso, más que la patología misma. Y es un estrés que aumenta cuando el profesional de la salud demuestra poca empatía o su mirada, sus gestos y sus palabras transmiten la idea de un diagnóstico poco auspicioso.
Está claro y es cierto que en oportunidades ese diagnóstico no será el mejor, aunque se deberían arbitrar los medios para que el paciente se encuentre contenido al recibirlo. Amén de esto, pensemos en una persona que tiene un cuadro menor, que no reviste gravedad, pero su temor es tan grande y se siente con tanto temor que puede acrecentar ese cuadro de forma inconsciente.
Entran en juego acá una de las leyes descubiertas por el Dr Sabbath que habla de la autosugestión (si creo que estoy grave, lo estaré). Y la regla que sostiene que la solución del miedo a la cosa es la cosa misma, por lo que muy probablemente la persona se enferme de aquello que su cerebro consideró como real.
¿Qué hacer ante esto?
El miedo es un recurso necesario y nos fue útil como especie para la evolución, aunque en desmedida crea ansiedad.
Como primera medida, tengo la certeza de que con el tiempo los profesionales de la salud van a adquirir los conocimientos necesarios para entender que la enfermedad es otra cosa. Y recién a partir de allí van a poder transmitir a sus “hacientes” (sí, reemplazo el término paciente para poner a la persona que consulta en un rol activo) la información desde un nuevo paradigma.
Con esta postura, y quizás suene un tanto utópico, el quitarle los rótulos actuales a las enfermedades haría que deje de relacionarse el nombre con las consecuencias drásticas con las que se asocia desde tiempos inmemoriales.

Más sobre: El conflicto de diagnóstico
Por ejemplo, si en vez de decirle a una mujer que tiene un cáncer de mamas se le informa que tiene una proliferación celular. Así, seguramente el impacto en su cerebro será menos dramático y el proceso de recuperación más efectivo.
Dejar de consultar Google, cuando se tiene un estudio en mano, es un buen método para no estresarse ante lo incierto.
Recordemos que para el cerebro no hay diferencia entre lo real, lo simbólico, lo virtual y lo imaginario, por lo que si nos imaginamos que padecemos algo grave en nuestra salud el cerebro lo cree y actúa en consecuencia.
Evitar que el “Conflicto de Diagnóstico” se apodere de nosotros es una tarea que nos pone a pacientes-hacientes y médicos en el desafío de aprender cómo funcionan las enfermedades. Dar, así, paso a los nuevos conocimientos y ser empáticos de uno y otro lado, (porque claramente los médicos hacen lo que saben con las herramientas que se les proporcionó).
Gestionar las emociones, comprender que cada persona es un ser único, con un Universo particular, con un bagaje de creencias, con dolores no sanados, puede contribuir a que la forma de comunicarnos sea más asertiva.
Para cerrar esta nota les comparto una sentencia de Hipócrates (460-370 a.c.) quien fue médico y el primero en considerar que los pensamientos, ideas y sensaciones provenían del cerebro y no del corazón como sus antecesores.
“Yo preferiría conocer a la persona que tiene la enfermedad ,antes que la enfermedad que tiene la persona”
La reflexión a la que me lleva esta frase es ¿qué pasó para que esa consideración, en la mayoría de los casos, cayera en desuso y hoy día sea lo opuesto? ¿Qué intereses son los que priman?.
Viviana Elizabeth Proz

Decodificadora Biológica
vivianaeproz@gmail.com

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