Hay días en los que levantarse de la cama ya es un acto heroico. Días en los que el espejo devuelve una imagen que no reconocemos, en los que el mundo parece exigirnos más de lo que creemos poder dar. ¿Quién no ha sentido alguna vez que le falta «eso» que tienen los demás? Eso que llamamos confianza. Hoy: Confiar en uno mismo: un acto de valentía cotidiana.
Durante mucho tiempo pensé que la confianza era algo con lo que se nacía. Un privilegio reservado para los extrovertidos, los líderes naturales, los seguros de sí. Pero la vida, con sus vueltas , me llevó a descubrir otra mirada. Una que me cambió profundamente: la mirada ontológica.
Desde esta perspectiva, la confianza no es un talento, sino una posibilidad que se construye. Y se construye, sobre todo, en el lenguaje. No el que usamos hacia afuera, sino ese diálogo interno que a veces susurra y otras veces grita. Esa voz que te dice: «no vas a poder», «no eres suficiente», «mejor no lo intentes».
La buena noticia es que esa voz también se puede entrenar.
Confiar en uno mismo no es esperar sentirse listo. Es elegir actuar incluso con miedo. Es hacer una declaración frente al espejo —aunque tiemble la voz— y decir: «hoy me elijo». No porque tenga todas las respuestas, sino porque tengo la disposición de caminar.
La ontología me enseñó que los juicios no son verdades, son interpretaciones. Y si puedo elegir cómo interpretar el mundo, también puedo elegir cómo interpretarme a mí. Puedo verme como alguien que "no puede" o como alguien que está aprendiendo. Esa elección, aunque parezca pequeña, cambia el rumbo.
La confianza también se habita en el cuerpo. Hay una forma de pararse, de respirar, de mirar, que le dice al mundo —y a ti mismo—: «Estoy aquí. No perfecta, pero presente. No segura, pero comprometida». Y en ese compromiso, creces.
Hoy quiero decirte algo que me hubiera gustado escuchar más veces:
Confiar en ti no es arrogancia. Es un acto de amor.
De merecimiento.
De volver a casa.
Y como todo amor verdadero, se practica.
Un paso cada día.
Una palabra a la vez.
Y si te soy honesta... yo también he dudado de mí. He tenido días en los que me he sentido pequeña frente al mundo, en los que la confianza parecía una montaña lejana. Pero aprendí —y sigo aprendiendo— que no se trata de nunca dudar, sino de elegir volver a mí cada vez. De recordar que en mi voz, en mi cuerpo y en mis pasos hay una sabiduría que no necesita gritar para ser verdadera.
A veces la confianza llega despacito, como un susurro. A veces se esconde y hay que ir a buscarla. Pero lo más valioso que descubrí es que la confianza no es algo que se encuentra afuera, sino un camino que se recorre hacia adentro.
Y en ese camino, te aseguro: no estás sola, no estás solo
Estamos muchas, caminando juntos, volviendo a elegirnos cada día.
Derechos de autor: Andrea Gabriela Fernández

Coach Ontologico profesional
afernandezcoaching@gmail.com
Nota escrita en exclusiva para revista “Somos Infancia«

