Inclusión educativa y salud mental: acompañar sin etiquetar

En los últimos años, la palabra inclusión se instaló en la escuela, en las familias y en los equipos clínicos. Sin embargo, muchas veces se la asocia únicamente con la idea de “integrar” niños y niñas que presentan algún diagnóstico. Como si incluir fuera, simplemente, permitir que estén. Pero la verdadera inclusión va mucho más allá: implica mirar al otro en su singularidad, acompañando sus tiempos y modos de aprender, sin reducirlo a una etiqueta ni exigirle lo mismo que a todos desde una vara única.

Cuando hablamos de inclusión educativa y salud mental, hablamos de algo profundamente humano: ofrecer condiciones emocionales y pedagógicas para que cada niño pueda desplegar sus recursos. Y ese camino suele requerir paciencia, escucha y sensibilidad. No se trata de sobreintervenir ni de quedar atrapados en el diagnóstico, sino de habilitar la pregunta: ¿qué necesita este niño o esta niña para sentirse seguro, comprendido y disponible para aprender?

En la infancia aparecen estilos, ritmos, deseos, inquietudes y modos de comunicarse que no siempre encajan en lo esperado. Frente a eso, las escuelas y las familias a veces sienten la presión de “resolver rápido”, de poner un nombre, de agilizar respuestas. Pero la velocidad no siempre va de la mano del buen trato. Nombrar puede ayudar, pero sólo cuando abre puertas y no cuando encierra.

La verdadera inclusión se sostiene en vínculos que no fuerzan, que no aceleran lo que todavía está germinando. En estrategias que cuidan, antes de exigir. En miradas que reconocen el esfuerzo, aun cuando el resultado todavía no llega.

La tolerancia a la frustración se construye, la autorregulación se aprende, la atención se entrena. Y para que eso suceda, primero tiene que haber alguien que crea en ese niño, que lo espere, que lo acompañe sin comparar. Que entienda que hay días en los que se puede más y otros en los que se puede menos. Que poner el cuerpo y el deseo también es aprender.

La inclusión auténtica es la que no pide que todos corran a la misma velocidad. Es la que habilita más de una forma de llegar.

Una escuela inclusiva no es la que “tolera”, sino la que reconoce la diferencia como parte del aula. Pequeños gestos marcan grandes diferencias: flexibilizar consignas, habilitar pausas, permitir otros formatos, dar alternativas. Y, sobre todo, trabajar en alianza con las familias y los equipos de salud, no desde la desconfianza sino desde la corresponsabilidad.

La salud mental infanto juvenil no se cuida con controles ni con exigencia desmedida, sino con presencia, con disponibilidad afectiva, con sostén. Con adultos que puedan decir “estoy acá”, antes de decir “tenés que”.

No se trata de bajar la expectativa: se trata de sostenerla desde un lugar posible.

Josefina Pelayo

Psicopedagoga

Josefina Pelayo

Licenciada en Psicopedagogía. Directora de CENEA Josefinapelayo_psicopedagoga

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