El amor por los animales, como tantas otras cosas, se transmite de generación en generación. Estoy convencida que convivir con una mascota nos hace más sensibles y empáticos. Porque necesitamos entender lo que les pasa, lo que nos quieren decir con sus miradas y sus gestos. Necesitamos comprenderlos, recibir su afecto, aguantar sus berrinches y sus formas que no siempre son tan prolijas. Aprendemos mucho de inteligencia emocional. Porque la forma en que los tratamos repercute directamente en la forma que nos van a tratar. Y esto es exactamente igual que entre humanos. Hoy: Tener una mascota.
Una mascota nos enseña todos los días a ser mejor persona, a ser más tolerante con la dificultad del otro, a entender que no siempre lo que percibimos de las personas es realmente lo que nos quisieron transmitir.
A veces es simplemente, falta de herramientas para comunicarse mejor, para saber cómo transmitir lo que sienten. Y si no nos tomamos un tiempito para pensar en eso. O para realmente entender porqué el otro tuvo tal o cual actitud, si reaccionamos sin pensar de forma defensiva y agresiva, claramente no vamos a llegar a ningún lado bueno.
Los animales no pueden hablarnos, entonces con ellos podemos practicar muchísimo esta habilidad. También podemos practicar cómo ser más cariñosos y juguetones, y mas pacientes. Nos enseñan a enseñar, a perseverar, a ser metódicos y constantes. A tener rituales sanos.
Nos hace mejores madres o padres, pueden ser una buena opción para ir practicando. Nos hace conocer mejor a nuestra pareja. O para otros, es su manera de ma-paternar, sin necesidad de tener hijos humanos, transmitiendo todo ese amor y vocación de cuidado hacia ellos.


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Mi abuela era socia de Vida Silvestre Argentina, y con ella aprendí esa sensación que nos genera la mirada de un perrito que nos necesita. ¡Y también de rutinas y cuidados! (¡sus perros tenían horarios para todo!) Y nos reíamos porque los llevaba a dormir, sin saber que 30 años más tarde yo estaría haciendo lo mismo con los míos). Mi mamá me enseño sobre el amor incondicional, sobre el cuidado maternal que tuvo con cada mascota que pasó por casa, sobre el compromiso, la responsabilidad y la entrega infinita.
Hoy le enseño todo eso a mis hijos. Y seguramente algún granito de arena más. Porque, así como las cosas malas, las buenas también se transmiten, se alimentan de generación en generación, pero éstos patrones sí está bueno repetirlos.
Adoptar (¡mucho mejor que comprar, la buena acción es doble!) una mascota es un trabajo enorme, es una dedicación gigante, es un compromiso, y si no estamos preparados para afrontarlo en este momento o nunca, es mejor no hacerlo. Pero si lo estamos, no dudes que ese trabajo te va a llenar de vida a vos y a toda la familia.
Lucila Bucich

Médica pediatra y consultora en crianza
Fuente imagen: https://www.muyinteresante.com/

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Que bella nota!