Hay días en los que sentimos que deberíamos tener todas las respuestas. Poder con el trabajo, con la casa, con la familia, con las emociones. Días en los que la exigencia interna se disfraza de fortaleza, y la autosuficiencia se convierte en una jaula dorada. Nos decimos «tengo que poder», como si pedir ayuda o mostrar cansancio fuera una debilidad. Titulamos a esta nota: Cuando sentís que tenés que poder con todo.
Yo también he estado ahí. En ese lugar donde ser fuerte se confunde con no permitirte caer. Pero con el tiempo, y desde la mirada ontológica, comprendí algo que cambió mi forma de habitarme: no vinimos a poder con todo, vinimos a ser humanos.
La ontología nos invita a observarnos en tres dominios: el lenguaje, la emoción y el cuerpo. Y cuando creemos que debemos poder con todo, muchas veces estamos atrapados en un juicio aprendido, una creencia que se instaló silenciosamente y se convirtió en mandato. "Si no podés con todo, no valés", "Si descansás, sos floja", "Si pedís ayuda, estás fallando".
Pero esos son solo juicios, no verdades. Y todo juicio puede ser revisado, conversado, transformado.
Desde el lenguaje, podemos hacer declaraciones que nos liberen:
«Hoy elijo soltar la exigencia.»
«Hoy me permito pedir ayuda.»
Desde la emoción, podemos acompañarnos con compasión: reconocer la frustración, la tristeza, el agotamiento… sin taparlos, sin huirles. Y desde el cuerpo, podemos aflojar los hombros, respirar más lento, dejar de tensar la mandíbula, y regalarnos una pausa. El cuerpo siempre nos dice la verdad, aunque a veces no queramos escucharla.
Poder con todo no es sinónimo de poder contigo.
A veces, la mayor fortaleza está en soltar. En decir «no puedo más» sin culpa. En descansar sin tener que ganártelo. En pedir un abrazo, en frenar, en bajar el volumen de la autoexigencia que nos habla bajito y dice que no es suficiente.


Desde mi experiencia como coach —y como mujer que también se exige—, aprendí que ser suficientes no tiene que ver con cuánto hacemos, sino con cuánto nos permitimos ser.
Y ahí, en ese espacio interno donde el amor propio le gana al mandato, nace algo mucho más poderoso que la fuerza: nace la autenticidad.
Y si hoy estás sintiendo que ya no podés con todo, no es que estés fallando: es que estás siendo humana, humano . No vinimos a demostrar nada, vinimos a vivir. A respirar más hondo, a pedir ayuda sin miedo, a abrazar nuestra vulnerabilidad como parte sagrada del camino.
Quizás no se trate de poder con todo, sino de aprender a soltar lo que no nos pertenece. De elegir lo importante por sobre lo urgente. De recordarnos que no estamos solas, solos. Que está bien descansar, que ser suaves también es una forma de ser valientes. Porque al final del día, la vida no nos pide que seamos perfectas, perfectos. Nos pide que seamos reales.
Escrita por: Andrea Fernández

Coach Ontológica

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