Durante décadas, el Índice de Masa Corporal (IMC) fue considerado el estándar de oro para evaluar la salud. Un número que, en teoría, debía ayudarnos a cuidar el cuerpo. Pero con el tiempo, ese número se transformó en algo más peligroso: una etiqueta.
Hoy sabemos que el IMC no mide lo que realmente importa. No diferencia entre masa muscular y grasa, no contempla la genética, la historia emocional, ni los contextos sociales. Y, sobre todo, no mide el bienestar.
El costo psicológico de reducir la salud a una fórmula
Desde la psicología, vemos cada día las huellas que deja el paradigma del peso. Pacientes que llegan con culpa, adolescentes que aprenden a odiar su cuerpo, madres que no saben cómo acompañar sin dañar.
El IMC no solo clasifica cuerpos: clasifica personas, y cuando un cuerpo es etiquetado como “riesgo” o “problema”, la mente lo traduce como “fracaso”.
Lo que nació como un cálculo técnico, terminó alimentando una cultura del control, la comparación y la culpa.
Cuando la salud se desconecta de la humanidad
Desde la nutrición, el IMC se sigue utilizando como referencia, muchas veces sin cuestionarlo.
Pero ¿Qué pasa cuando un indicador numérico se usa como diagnóstico emocional? ¿Qué pasa cuando la persona se siente reducida a una tabla, sin que nadie escuche su historia?
En el consultorio vemos las consecuencias:
Niños de ocho años preocupados por “no engordar”.
Adolescentes que asocian delgadez con valía.
Adultos que evitan controles médicos por miedo al juicio.
El IMC, cuando se usa sin sensibilidad, pierde su función clínica y gana poder simbólico: el de hacer sentir a las personas insuficientes.
El cuerpo no es un cálculo
El cuerpo no puede resumirse en una fórmula matemática. Es historia, emoción, memoria, genética, movimiento, descanso, vínculo.
Y cuando la mirada profesional se centra solo en el peso, se pierde la oportunidad de acompañar con humanidad.
La verdadera salud se construye con hábitos sostenibles, escucha, descanso, placer, vínculos y respeto.
No hay número que mida eso.
Hacia una nueva educación en salud
Hablar de salud en 2025 implica una responsabilidad ética: revisar las herramientas que usamos y los mensajes que transmitimos.
Desde la psicología sostenemos que la educación en salud no puede basarse en el miedo. Necesita apoyarse en la conciencia, la empatía y el respeto por la diversidad corporal.
La prevención no pasa por controlar el peso, sino por promover conexión, movimiento por placer, alimentación consciente y bienestar emocional.
No se trata de culpar sino de despertar
Muchos profesionales de la salud aprendieron el modelo del IMC con buena intención: cuidar. Pero hoy sabemos más, y sabemos mejor, por lo que actualizar la mirada no es abandonar la ciencia, es humanizarla.
El desafío es animarse a pensar distinto. A preguntarnos si queremos seguir educando desde la balanza, o desde el respeto.
Una nueva forma de mirar el cuerpo
“La estafa del IMC” no es solo una crítica a un indicador. Es una propuesta: volver a poner lo humano en el centro.
Porque la salud no se mide en kilos, se siente en la calma, la energía y la forma en que habitamos nuestro cuerpo.Y si hay algo que esta estafa nos enseñó, es que ningún número puede decir quiénes somos.
Agustina Jurevicius

Lic. En psicologia / Acompañamiento a madres con hijos que padecen TCA
MN 447.

