Aprender a discriminar lo que nos pasa
Vivimos en una época que parece exigirnos certezas permanentes. Saber qué queremos, hacia dónde vamos, qué va a suceder, cómo nos sentimos, cómo “deberíamos” sentirnos son algunas de los enunciados más recurrentes. Frente a estas exigencias, cualquier estado de inquietud puede rápidamente ser nombrado como “ansiedad”. Cuando todo malestar comienza a recibir el mismo nombre, corremos el riesgo de perder algo fundamental: la posibilidad de distinguir experiencias que, aunque pueden parecerse y entrelazarse, no son lo mismo.
Ansiedad, incertidumbre y ambigüedad forman parte de la experiencia humana. Pueden generar malestar, inquietud, preocupación o incluso angustia, pero responden a experiencias diferentes.
Cuando la ansiedad intenta anticiparse
La ansiedad no solo intenta evitar sino también anticipar, controlar o neutralizar aquello que percibimos como amenazante.
Frente a la posibilidad de que algo salga mal, nuestra mente intenta adelantarse: imagina escenarios, evalúa riesgos, busca respuestas y construye estrategias para disminuir aquello que todavía no ocurrió. En cierta medida, esta capacidad es necesaria. Anticipar nos permite prepararnos, tomar decisiones y responder frente a situaciones que requieren nuestra atención. La dificultad aparece cuando la anticipación deja de estar al servicio de nuestra adaptación y comienza a organizar nuestra vida.
El desafío de no saber
La incertidumbre implica, fundamentalmente, sostenerse en la vivencia de no saber. Puede movilizarnos y, aparte, generar ansiedad. Pero no es, en sí misma, ansiedad.
Hay una diferencia importante entre “no sé qué va a pasar” y “necesito saber qué va a pasar para poder estar tranquilo/a”. No todo lo que no sabemos necesita (ni puede) ser resuelto en lo inmediato.
Cuando tampoco sabemos qué está pasando
La ambigüedad presenta otro escenario; con esta palabra nombramos las situaciones que se viven de manera contradictoria, con múltiples significados o elementos que no terminan de organizarse de manera coherente. Puede resultar particularmente difícil de tramitar porque nos deja sin un punto firme desde el cual interpretar aquello que estamos viviendo. Una respuesta conduce a otra pregunta y esa pregunta a una nueva posibilidad. Así puede comenzar una verdadera espiral de pensamiento. Frente a situaciones ambiguas, resulta necesario propiciar una mayor claridad.
Tres experiencias que pueden encontrarse
Ansiedad, incertidumbre y ambigüedad son experiencias diferentes, aunque pueden entrelazarse.
Podemos sentir ansiedad frente a una situación incierta. Podemos experimentar ansiedad porque no conseguimos interpretar una situación ambigua. Podemos intentar eliminar la incertidumbre buscando certezas y, al hacerlo, aumentar nuestra ansiedad y, por supuesto, no “curar” la ambigüedad. Pero distinguirlas permite formular preguntas diferentes.
¿Estoy intentando anticiparme a algo que podría suceder?
¿Estoy atravesando algo cuyo resultado todavía desconozco?
¿O estoy intentando comprender una situación cuya propia naturaleza es permanecer abierta e indefinida?
Hay malestares que acompañan procesos de cambio. Hay dudas que forman parte de decisiones importantes. Aunque también hay incertidumbres que no pueden resolverse antes de ser atravesadas, así como situaciones ambiguas que requieren de ser esclarecidas.
Entre ambos extremos, quizás podamos recuperar algo esencial: la capacidad de discriminar, comprender y elegir.

Lic. en Psicología
Psicoanalista
Con formación en psicodiagnóstico
Actualmente en formación en Derecho Penal

