Pedimos a los niños que hablen con respeto, que esperen, que escuchen y que expresen lo que sienten. Pero, ¿qué aprenden sobre comunicación cuando observan cómo nos comunicamos los adultos?
Cuando pensamos en comunicación durante la infancia, muchas veces nuestra mirada se dirige rápidamente hacia el niño. Esperamos que salude, que responda con respeto, que espere su turno, que no grite, que diga la verdad, que pueda expresar lo que siente y que aprenda a resolver sus diferencias hablando.
Pero quizás exista una pregunta previa que también necesitamos hacernos: ¿qué aprende un niño sobre la comunicación cuando observa cómo nos comunicamos los adultos?
La comunicación no se aprende solamente a través de aquello que enseñamos de manera directa. También se aprende mirando, escuchando y viviendo los vínculos cotidianos.
Los niños observan cómo pedimos algo, cómo ponemos un límite, cómo hablamos de otras personas y cómo reaccionamos cuando algo no sucede como esperábamos. Nos observan cuando estamos tranquilos, pero también cuando estamos cansados, apurados, frustrados o enojados.
Muchas veces podemos decirles: “no grites”, “contestá bien”, “tené paciencia”, “pedí perdón” o “decime qué te pasa”. Sin embargo, frente a nuestras propias frustraciones podemos levantar la voz, responder impulsivamente o utilizar palabras que luego no quisiéramos escuchar en ellos. Y el niño también aprende de ese momento.
Esto no significa que los adultos debamos ser perfectos. Podemos enojarnos, perder la paciencia o equivocarnos. Lo importante es comprender que también educamos en la manera en que reparamos aquello que hacemos.
Un adulto puede decir: “Estaba enojado y no hablé de la mejor manera”, “necesito calmarme y después seguimos conversando” o simplemente “me equivoqué, perdón”. Cuando esto sucede, el niño aprende que sentir enojo es posible sin dañar al otro. Así mismo, aprende, que equivocarse no destruye un vínculo y que siempre podemos volver a encontrarnos a través de la palabra.
Cuando escuchamos antes de responder, enseñamos escucha. Cuando ponemos un límite sin humillar, enseñamos respeto. Podemos expresar lo que sentimos, enseñamos que las emociones también pueden transformarse en palabras. Y cuando aceptamos que otra persona piense diferente, mostramos que una diferencia no necesariamente tiene que convertirse en una pelea.
Acompañar la comunicación de un niño, entonces, no implica solamente observar cuánto habla, cómo pronuncia o de qué manera se expresa. También supone mirar el ambiente comunicativo en el que está creciendo.
Nuestros hijos están construyendo su manera de relacionarse con el mundo a partir de muchos de esos pequeños intercambios cotidianos. Quizás uno de los mayores legados que podamos ofrecerles no sea solamente decirles cómo queremos que se comuniquen, sino permitirles ver en nosotros aquello que deseamos que algún día puedan construir en sus propios vínculos.
“¿Cómo quiero que mi hijo se comunique?”
“¿Qué aprende mi hijo sobre la comunicación cuando me observa a mí?”
Porque la comunicación también se hereda en los pequeños gestos cotidianos. Y muchas veces, el mayor legado no está solamente en aquello que les decimos, sino en aquello que les mostramos.
Podes escuchar a la profesional en nuestro programa radial, te compartimos una de sus charlas:

Lic. en Fonoaudiología
Lenguaje infantil y comunicación
Orientación para familias
Neurodesarrollo | Autismo
@abriendocamino.goya

