Volver a desear cuando la energía está puesta en sobrevivir

Hay etapas en la vida en las que no se piensa en el futuro ni en grandes proyectos. No porque falten ganas sino porque la energía está puesta en lo inmediato: resolver el día, sostener lo básico, llegar a la noche. Por eso es muy importante desear si la energía estaba puesta en otras cosas, tales como sobrevivir.

Muchas mamás que crían solas atraviesan momentos así. Y lejos de ser un problema, suele ser una respuesta lógica al cansancio y a la responsabilidad constante.

Criar, trabajar, organizar, cuidar. Cuando todo depende de una, el foco se achica. No por falta de sensibilidad, sino porque la prioridad es sostener.

Cuando el deseo queda en segundo plano

Desear requiere un pequeño espacio interno. Un margen para imaginar algo más allá de lo urgente.

Cuando ese margen no está, el deseo no desaparece: queda en pausa.

Por eso aparecen frases como: “Ahora no estoy para eso”

“Más adelante”

“No es el momento”

No es apatía ni desinterés. Es una forma de ordenarse para seguir.

Sobrevivir también cuenta

Existe una presión silenciosa por “estar bien”, “rearmarse rápido”, “volver a desear”.

Pero sobrevivir ya es un trabajo enorme.

Sostener una rutina, un hogar, un vínculo, una estabilidad emocional mínima consume mucha energía. Reconocer esta etapa sin juzgarla suele ser el primer alivio. No todo momento de la vida es para proyectar. Algunos son, simplemente, para sostener.

El deseo vuelve en gestos simples

El deseo no siempre regresa como un gran plan o una decisión importante. Muchas veces aparece de manera más discreta: – ganas de hacer algo sin utilidad

– elegir algo solo porque gusta

– imaginar un rato sin apuro

Son señales pequeñas, pero claras: ya no todo es urgencia.

Volver a una misma, sin apuro

Volver a desear no implica cambiar la vida ni tomar grandes decisiones. A veces es apenas volver a registrarse, sin apuro y sin exigencias. Preguntarse qué haría un poco mejor el día, aunque la respuesta sea mínima o no aparezca enseguida.

Porque el deseo no se fuerza. Necesita espacio, tiempo y un poco menos de exigencia.

Y cuando eso afloja, algo propio empieza a asomarse.

Marisa Krasnoff – Lic. en Psicología
Terapeuta de mamás que crían solas

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