Hace mucho tiempo -el siglo pasado-, un mentor que tuve en temas de Organización y Métodos me decía: “no hay mejor manera de destruir el control, que la sobreabundando en información”. Y era verdad. En esa época de listados y papeles si alguien quería que no encontrasen el error, sobreabundaba en información. El “controller” luego de revisar, leer y verificar muchas hojas, facturas y papeles, viendo la dimensión de lo que tenía frente a sí, abandonaba la misión suponiendo que todo estaba bien.
En estos días, en los que la informática y redes reemplazaron al papel, nos damos cuenta de que vivimos en un mundo donde la información no llega: nos cae literalmente encima: titulares urgentes, videos alarmantes, opiniones extremas, proyecciones económicas … y -lo más grave- todo en tiempo real. Este fenómeno de sobresaturación informativa no sólo agota: también enferma.
No sé a ustedes, pero yo durante el encierro motivado por la pandemia necesitaba “estar informado” permanentemente. Hasta que me di cuenta (o mejor dicho “me hicieron dar cuenta”) de que estaba agotado, irritable, ansioso y como consecuencia de muy mal humor, viviendo en incertidumbre total. Y para completar la tragicomedia, nunca pude determinar a ciencia cierta si la información que consumí durante todo ese tiempo era verdadera o falsa.
El resultado fue un cortisol elevadísimo, y una dificultad enorme para volver a un estado de calma.
Ahí entendí algo clave: que la información verdadera o falsa, un peligro real o imaginario, un hecho concreto o uno que no lo es, se procesan igual dentro del cerebro, porque la biología responde primero a la percepción; después (si puede) llega la verificación racional. ¿Cómo pude volver a un equilibrio? Tomando algunas acciones que deberíamos hacer:
Reduje el consumo de noticias a 2 o 3 fuentes que creo confiables. No más de 2 veces por día y nunca en el inicio del día o antes de dormir por ejemplo.
Eliminé el “scroll automático” sacando las “notificaciones push” de redes y noticias.
Empecé a hacer pausas pequeñas durante todo el día, y comencé a realizar una actividad sensorial no digital que a mí me equilibra que es: cocinar. Esa simple actividad me pone en eje, me centra. Pero podría ser bailar, escuchar música o simplemente hablar con alguien.
Y entonces entendí algo más profundo.
Que no se trata de saberlo todo, sino de aprender a elegir qué dejamos entrar. Que la información puede ayudar, sí, pero sólo cuando está al servicio de nuestra vida y no al revés. Recuperar el equilibrio no fue cuestión de aislarme, sino de volver a habitar mi día con más presencia y menos ruido.
Porque vivir —de verdad— empieza cuando dejamos espacio para sentir, pensar y elegir con claridad.
Eduardo Rogatti
Creador de CEA – Consciencia Empresarial Aplicada
Transformando el conflicto en Estrategia
Mentoría para Líderes y Consultores

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IG: @eduardo.rogatti

