«La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño.»
Friedrich Nietzsche.
Entra a sesión y solo quiere jugar. Son cuarenta minutos de poner el cuerpo en juego para jugar. Y entonces pienso que, quizás, allí ocurre algo fundamental: jugar no como actividad accesoria de la infancia, sino como modo de habitar el mundo, de simbolizarlo, de elaborarlo.
Sus padres decidieron interrumpir el tratamiento antes del alta. Tal vez, cuando un niño llega a terapia, muchas veces el verdadero paciente sea el adulto. Pienso en eso a partir de aquella niña de cinco años que, durante cinco meses del 2025, visitó mi consultorio cada miércoles. De ese encuentro quedaron preguntas, escenas y algunas premisas girando todavía. Y qué importante es darles lugar a las preguntas.
No quería ir al colegio. Recuerdo que estaba en primer año de primaria y decía extrañar el jardín porque allí había un patio más divertido y, sobre todo, porque allí se jugaba más. El juego como escena central en la constitución subjetiva de la infancia.
Venía al consultorio con una necesidad urgente de jugar y desplegarse a través de ese juego. Para el Día del Niño, su familia organizó una búsqueda del tesoro en la casa. El tesoro eran juguetes. Y sin embargo, el juguete por sí solo no garantiza el juego. El juego necesita de un otro, de una escena, de un vínculo, de un deseo puesto en circulación.
Después de aquella búsqueda del tesoro volvió al consultorio y, como tantas otras veces, no quería irse. Y cuando finalmente se iba, deseaba llevarse los juguetes del espacio terapéutico porque —me dijo con apenas cinco años— «son juguetes que sí juegan».
Qué frase inmensa. La necesidad urgente de jugar con otros.
Somos adultos funcionales. Trabajamos, estudiamos, criamos, resolvemos, corremos de un lado a otro. Como podemos, como queremos, como nos sale; con ayuda y muchas veces sin ella. Pero, ¿jugamos? Quizás muy poco.
A veces armamos la escena del juego: la cocinita, la pelota, los bloques, los materiales. Pero disponer objetos no es necesariamente jugar. Jugar implica presencia, disponibilidad, cuerpo, palabra, deseo. Implica perder tiempo en un mundo que constantemente nos exige productividad.
Y tal vez por eso jugamos tan poco: porque no tenemos tiempo para perder.
Pero ¿y si el juego fuera, en realidad, una práctica de la vida misma? ¿Un ensayo posible de aquello que vendrá? ¿Un espacio para elaborar lo que de otro modo no podría tramitarse?
Que existan siempre juguetes, sí. Pero, sobre todo, que existan jugadores.
Les deseo a las infancias y adolescencias que puedan jugar libremente. Pero más aún, les deseo a los adultos que puedan jugar con el cuerpo, con la palabra y con el deseo.
Nos deseo, también, como adultos, que podamos jugarnos.

Licenciada en psicopedagogía. MP:198.719
Prevención, evaluación y tratamiento de problemas de aprendizajes.
Orientación a padres.
Evaluación neurocognitiva.

