Heridas de la infancia

El impacto de nuestros primeros vínculos como adultos

Cuando nacemos, llegamos al mundo como un saco vacío, listo para llenarse con amor, apoyo, cuidado y cariño. Son nuestros padres quienes, con cada gesto y palabra, van depositando “granitos de arena” en nuestro costal emocional. Este proceso va desde la infancia hasta la adultez, y es clave para el desarrollo de nuestra autoestima, seguridad, apego y forma de relacionarnos con el mundo. Hoy: Heridas de la infancia.

Sin embargo, es importante recordar y reconocer que nuestros padres también fueron niños alguna vez. Ellos actúan y educan desde lo que aprendieron en su propia infancia, haciendo lo mejor que pueden con las herramientas emocionales que tienen. Muchas veces, sin querer, pueden transmitir patrones de comportamiento que limitan el crecimiento en lugar de fortalecer.
Desde muy pequeños, nuestros padres comienzan a moldear en nosotros aspectos fundamentales de nuestra personalidad: la manera en que nos relacionamos con los demás, el tipo de apego que desarrollamos, la forma en que percibimos el amor e incluso cómo nos valoramos a nosotros mismos.

Pero entonces, surge una pregunta fundamental:

¿Qué ocurre cuando llegamos a la adultez con una autoestima frágil, inseguridad, dificultad para vincularnos sanamente y una necesidad constante de validación externa? ¿De dónde viene todo esto?

Una posible respuesta se encuentra en el reconocimiento de lo que se conocen como las cinco heridas de la infancia, como lo es el rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia.

Por eso, es fundamental tomar conciencia, ser conscientes y reconocer aquello que nos causó dolor durante la infancia. Solo al identificar estas heridas podemos comenzar a trabajarlas y evitar repetir de manera inconsciente, patrones que en la adultez pueden transformarse en conductas tóxicas.

Estas conductas pueden manifestarse de muchas formas: la necesidad de controlar todo, la búsqueda constante de validación externa, la inseguridad ante nuestro propio potencial, el miedo al abandono cuando alguien establece un límite, o el temor a expresar lo que sentimos por miedo a no ser aceptados. También puede surgir el miedo a romper los patrones familiares por miedo al juicio externo o a las distintas críticas que nos pueden producir tanto dolor que preferimos no cambiar, quedándonos atrapados en nuestra zona de confort, aunque nos haga daño.

En estos momentos es cuando suele aparecer el auto sabotaje, comenzamos a dudar de quiénes somos, de lo que valemos y de lo que realmente podemos lograr. Nos convencemos de que no seremos capaces de alcanzar nuestras metas, y dejamos de intentarlo.

Pero si logramos dejar atrás ese auto sabotaje y empezamos a creer en nosotros mismos, incluso la montaña más empinada se vuelve posible de escalar. Es allí, cuando nos reconocemos y valoramos auténticamente, que comenzamos a ver lo hermoso y valioso de la vida.

Solo entonces podemos construir conexiones reales, primero con nosotros mismos, y luego con quienes nos rodean. Y de esta manera, evitamos herir a quienes amamos repitiendo comportamientos que en el fondo no nos representan y dolores que no nos pertenecen.

Por lo que, las heridas emocionales, si no se sanan, nos acompañan silenciosamente durante la vida y afectan nuestras decisiones, relaciones y la forma de vernos a nosotros mismos. Por ello, es fundamental identificar si alguna de ellas está presente en nuestra historia personal, y trabajar en su sanación para construir una vida emocional más plena y consciente.

Por: Karla Argentina de León Rodriguez

Psicóloga clínica – Educadora especial -Neuropsicología

Matrícula: Colegiado activo 12,770

Nota escrita en exclusiva para revista “Somos Infancia

Somos Infancia

Revista online dedicada a salud integral, crianza y calidad de vida. Más de 500 profesionales de todas las áreas nos acompañan. info@somosinfancia.com.ar Ig: @revista.somosinfancia

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