Pasó el Mundial. Pasó el Día del Amigo. El receso invernal también empieza a quedar atrás. Las fechas pasan, los calendarios avanzan y las rutinas vuelven a instalarse. Pero, entre todo lo que termina, queda algo que nunca debería pasar de moda: encontrarse.
Vivimos en una época que nos ofrece infinitas formas de comunicarnos, pero cada vez menos oportunidades para encontrarnos de verdad. Estamos conectados y, muchas veces, profundamente solos. Sabemos qué hace el otro, pero no siempre cómo está. Respondemos mensajes con rapidez, aunque hace tiempo dejamos de escuchar sin interrupciones. Quizás por eso el encuentro se volvió extraordinario: porque requiere presencia. Y estar presentes es mucho más difícil que simplemente estar.
Desde la Psicopedagogía solemos pensar el aprendizaje como algo que ocurre en la escuela, en un consultorio o frente a un libro. Sin embargo, gran parte de lo que somos se aprende en los vínculos. Aprendemos porque alguien nos mira, nos nombra, nos espera, nos contradice, nos abraza o nos pregunta cómo estamos con un interés genuino.
El encuentro es uno de los escenarios de aprendizaje más potentes que existen.
En él aprendemos empatía al descubrir que la historia del otro nunca es tan simple como imaginábamos. Aprendemos confianza cuando encontramos un espacio donde no hace falta demostrar nada para ser aceptados. También aprendemos a escuchar, a respetar los silencios, a esperar y a poner en palabras lo que sentimos.
También aprendemos a convivir. No a incluir, como si hubiera un grupo que habilita la entrada de otro, sino a reconocer que la diferencia es una condición natural de lo humano. Crecemos cuando nuestras certezas dialogan con otras miradas y descubrimos que existen tantas formas de habitar el mundo como personas lo transitan.
Cada encuentro auténtico nos invita a salir, por un momento, de nosotros mismos. Dejamos de ser el centro de nuestra propia historia para convertirnos también en testigos de la historia de alguien más. Y ese movimiento nos transforma. Comprender el dolor ajeno resignifica el propio. Compartir una alegría la multiplica. Y cuando alguien confía en nosotros, muchas veces descubrimos una versión de nosotros mismos que todavía no conocíamos.
El encuentro no reemplaza una terapia, no resuelve los conflictos ni borra el sufrimiento. Pero tiene una potencia profundamente terapéutica: nos recuerda que no estamos solos. Que siempre existe un otro capaz de alojar una parte de nuestra historia. Y que, muchas veces, sanar comienza cuando dejamos de sostener todo en silencio.
Tal vez el aprendizaje más importante no sea memorizar contenidos, sino descubrir que la identidad nunca se construye en soledad. Somos, en gran medida, el resultado de quienes nos encontraron, permanecieron y supieron escucharnos cuando todavía no encontrábamos palabras para nombrarnos.
Encontrarse es mucho más que coincidir en un mismo lugar. Es hacerse un lugar mutuamente.
Quizás por eso un encuentro genuino siempre deja algo. A veces una respuesta. Otras, una pregunta. A veces una certeza. Otras, el coraje para cambiar. Pero nunca nos deja iguales.
Porque encontrarse también es un acto de confianza: creer que el otro tiene algo para enseñarnos y aceptar que nosotros también podemos convertirnos, sin saberlo, en parte del aprendizaje de alguien más.
Y esa, probablemente, sea una de las formas más profundas de aprender, educar y sanar.

Licenciada en psicopedagogía. MP:198.719
Prevención, evaluación y tratamiento de problemas de aprendizajes.
Orientación a padres.
Evaluación neurocognitiva.

