En mi práctica profesional, trabajando con papás, especialmente los más jóvenes, y también en conversaciones sociales, me encuentro habitualmente con comentarios acerca del carácter como “no puedo ponerle límites»”,». También con “hace lo que quiere”, “como no lo/a voy a dejar ir si van todos”, “hace berrinches por todo y yo termino cediendo.
Una vez un papá me preguntó de qué manera un límite fortalece el carácter. El límite es algo que acota nuestra libertad. Siempre les hablo de las leyes de tránsito, a nadie le gustan ¿no? Pero las respetamos por dos motivos: 1° evitar una multa y 2° porque sabemos que están para cuidarnos. Del mismo modo, los límites que les ponemos a nuestros hijos están para cuidarlos. Y ellos deben aprender que cada límite que no se respeta tiene una consecuencia.
Además, como las líneas y carteles en la ruta, los límites guían el camino. Por donde sí y por donde no debo andar, qué está bien y qué está mal… aunque todos lo hagan.
Al enfrentarse a los límites que, como padres, proponemos, los niños aprenden a esperar el momento para, por ejemplo, tomar el helado; que no siempre se puede hacer lo que uno quiere; el respeto por el otro; la importancia de colaborar en las tareas de la casa; la perseverancia para asumir las responsabilidades. En casa se van convirtiendo en personas autónomas e independientes a medida que comprenden esto y ven los beneficios de aceptar.
Muchos papás me dicen que no les gusta verlos sufrir, que, si les dicen que no los van a traumar, que van a tener malos recuerdos de su infancia. Lo cierto es que saber poner límites con amor y firmeza los hace sentirse amados, porque saben que esos límites están para cuidarlos. Por el contrario, la libertad absoluta o la sobreprotección exagerada genera personas inseguras, incapaces de moverse de manera autónoma y débiles a la hora de afrontar los desafíos del mundo.
Si en casa no ponemos límites, no corregimos, cedemos a todos sus deseos. Donde podemos hacerlo con amor, firmeza, diálogo y negociaciones a medida que van creciendo, cuando deban insertarse en el mundo adulto, no tendrán los recursos necesarios para soportar la frustración cunado las cosas no salen como esperaban, los desacuerdos con otros, las exigencias laborales… y ahí si van a sufrir. Porque el mundo les va a poner límites y no lo va a hacer con amor.
Educar también es promover el desarrollo de las virtudes que los harán, fuertes y autónomos, personas capaces de hacer de este un mundo mejor.
Poner límites nos cuesta más a los papás que a los chicos, pero son necesarios. Así como lo es darles un remedio feo cuando están enfermos.

Orientadora Familiar
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