Vivimos en una época en la que el bienestar parece haberse convertido en un objetivo más de la lista de exigencias personales. Se nos invita —a veces de manera sutil y otras de forma directa— a “estar bien”, a “ser nuestra mejor versión”, a “lograr el equilibrio perfecto”. Como si existiera una receta universal, rápida y aplicable a todas las personas por igual. Sin embargo como profesional y especialmente desde un enfoque holístico e integral, puedo decirte que el bienestar real está lejos de responder a fórmulas mágicas.
Muchas veces asociamos estar bien con grandes logros: alcanzar cierta estabilidad económica, cumplir metas profesionales, sostener vínculos ideales, tener siempre claridad emocional o mantener una actitud positiva constante. Y cuando eso no sucede —porque la vida es cambiante, compleja y profundamente humana— aparece la sensación de frustración, de estar “fallando” en algo que, en realidad, nunca debería haberse vivido como una obligación.
Construir bienestar no es llegar a un lugar definitivo, ni sostener un estado permanente de calma o felicidad. Estar bien no significa no tener conflictos, no sentir tristeza o no atravesar momentos de duda. Muy por el contrario: el bienestar auténtico tiene más que ver con la posibilidad de habitar lo que nos pasa, con mayor conciencia, amabilidad y coherencia interna.
Desde una mirada integral, estar bien es, ante todo, sentirse cómoda con una misma. Poder reconocerse sin máscaras rígidas, sin la presión constante de encajar en expectativas ajenas o propias que ya no nos representan. Es animarse a escuchar las propias necesidades, incluso cuando no coinciden con lo que “debería ser” según el afuera. Esa escucha interna es un acto profundo de cuidado psicológico.
El bienestar también se construye cuando logramos alinear nuestra vida cotidiana con nuestros valores y propósitos. No se trata de tener todo claro ni de contar con un gran proyecto vital perfectamente definido, sino de preguntarnos —una y otra vez— si lo que hacemos, cómo lo hacemos y para qué lo hacemos tiene sentido para nosotras hoy. A veces, pequeños ajustes en la manera de vivir, decidir o vincularnos generan un impacto mucho más profundo que cambios drásticos que no logramos sostener.
Otro aspecto fundamental del bienestar es el tiempo para el disfrute. En una cultura que prioriza la productividad y el rendimiento, el disfrute suele quedar relegado o justificado solo si “se lo merece”. Sin embargo, el disfrute no es un premio ni un lujo: es una necesidad emocional. Darse permiso para el descanso, para el placer simple, para los momentos sin finalidad práctica, es una forma de regulación emocional y de prevención del desgaste psicológico.
Se entiende al bienestar como un proceso dinámico, que integra lo emocional, lo mental, lo corporal, lo vincular y lo existencial. No se puede pensar a la persona de manera fragmentada. Lo que sentimos impacta en el cuerpo, lo que callamos se manifiesta en síntomas, lo que no elaboramos se repite en los vínculos. Por eso, acompañar procesos de bienestar implica mirar a la persona en su totalidad, respetando sus tiempos, su historia y su contexto.
Construir bienestar sin fórmulas mágicas también implica aceptar que no todo se resuelve rápido. Que hay procesos que necesitan tiempo, paciencia y sostén. Que pedir ayuda no es una señal de debilidad, sino de responsabilidad emocional. Y que el acompañamiento psicológico no busca “arreglar” a nadie, sino ofrecer un espacio seguro donde poder pensar, sentir y resignificar lo vivido.
Tal vez el verdadero bienestar no se parezca a las imágenes idealizadas que solemos consumir. Tal vez sea más silencioso, más cotidiano, menos visible. Está en poder decir “esto hoy no puedo”, en elegir con mayor conciencia, en sentirse más en paz con lo que una es, incluso en medio de la incertidumbre. Está en la coherencia interna, no en la perfección.
Construir bienestar es un camino personal, único e intransferible. Y aunque no existan recetas universales, sí existen espacios de acompañamiento que invitan a transitarlo con mayor presencia, profundidad y humanidad. Porque estar bien no es cumplir con un ideal, sino aprender a habitar la propia vida con mayor sentido y cuidado.
Macarena Alba
Consultora Psicológica / Desarrollo y crecimiento personal
Procesos individuales, grupales y familiares

