En el artículo anterior hablábamos de la presencia en el encuentro con el otro. De esa posibilidad de estar verdaderamente disponibles para quien tenemos delante: escuchar, mirar, percibir, encontrarnos. Pero hay otro encuentro, quizás el más cotidiano y, paradójicamente, uno de los que más fácilmente podemos postergar: el encuentro con nosotros mismos.
¿Cómo nos comunicamos con nosotros? ¿Qué presencia nos damos? ¿Cuánto tiempo de calidad pasamos con nosotros mismos?
Estamos acostumbrados a preguntar cómo están los demás, qué necesitan, qué les pasa. Podemos ser atentos, empáticos y cuidadosos con quienes queremos. Pero ¿qué sucede cuando esa misma mirada se dirige hacia adentro?
Hace unos días, mientras guardaba reposo por un tema de salud, me encontré haciendo algo tan sencillo como prepararme un té con limón. Mi cuerpo me había obligado a detenerme y, quizás justamente por eso, tuve tiempo para preguntarme algo más que cómo me sentía físicamente.
¿Qué me está pasando? Además, ¿qué siento? ¿Qué necesito y cómo puedo dármelo? Y entonces aparecieron respuestas. Algunas tenían que ver con el cuerpo, claro. Otras, con emociones, cansancio, necesidades que quizás venían “pidiendo pista” para ser escuchadas desde hacía algún tiempo.
Lo significativo no fue solamente haberme hecho esas preguntas, sino haberme quedado allí, dándoles presencia para escuchar las respuestas.
Sin apurarlas y sin juzgarlas. También, sin intentar modificarlas o resolverlas inmediatamente.
Escucharlas con amorosa curiosidad, atención, aceptación y empatía.
Y pensé entonces: ¿nos damos a nosotros mismos la misma empatía que tantas veces ofrecemos a los demás?
Cuando alguien que queremos está atravesando un momento difícil, probablemente sabemos cuidar. Preguntamos cómo está, ofrecemos ayuda, respetamos sus tiempos, intentamos comprender, pero…
¿Podemos hacer lo mismo con nosotros?
Porque ese encuentro con nosotros mismos también necesita de esa presencia.
No tiene que tratarse de grandes momentos de introspección ni de largas horas de soledad. A veces puede comenzar con algo mucho más pequeño: detenernos unos minutos, dejar el teléfono a un lado, tomar un café o un té, caminar, respirar y simplemente preguntarnos:
¿Cómo estoy?
Y esperar ahí.
Con amorosa curiosidad y paciencia.
Con la disposición de escuchar aquello que aparezca.
Porque escucharnos no significa tener una respuesta. Tampoco significa solucionar inmediatamente lo que sentimos.
A veces, estar presentes para nosotros mismos consiste simplemente en reconocer lo que nos está pasando y permitirnos acompañarlo, sostenerlo y sostenernos a nosotros mismos mientras eso sucede en nuestro interior.
Tal vez se trate de aprender a considerarnos también un ser querido.
Alguien que merece nuestra atención. Nuestro cuidado. Nuestra paciencia. Nuestra comprensión.
En definitiva, nuestro amor.
En tiempos en los que hablamos tanto de conexión, quizás valga la pena preguntarnos por una conexión más íntima y silenciosa: la que tenemos -o dejamos de tener- con nosotros mismos.
Porque quizás sea difícil encontrarnos verdaderamente con otro cuando estamos permanentemente ausentes de nosotros mismos.
El encuentro con el otro y el encuentro con uno mismo no son caminos separados. Se entrelazan.
Y quizás la pregunta no sea solamente cuánto tiempo pasamos con nosotros, sino qué clase de presencia nos ofrecemos durante ese tiempo.
A modo de invitación, y parafraseando a Rumi: ¿Te visitas a ti mismo con regularidad?
Quizás sea una buena pregunta para llevarnos hoy.
Y, sobre todo, también para quedarnos un rato a escuchar qué responde eso que vive en nosotros.

Consultora Psicológica

