Hay escenas de la infancia que parecen simples, pero encierran una enorme riqueza: un niño que convierte una caja en una casa, una sábana en una capa, una cuchara en un micrófono o un palo en un caballo. Para un adulto puede parecer apenas un pasatiempo. Para un niño, en cambio, jugar es una manera de pensar, de sentir, de ensayar el mundo y de empezar a construir quién es.
El juego no es un lujo ni una actividad menor que aparece cuando sobra tiempo. Es una necesidad vital en la primera infancia. A través del juego, los niños exploran, prueban, se equivocan, repiten, inventan y descubren. También aprenden a esperar, a compartir, a negociar con otros, a tolerar pequeñas frustraciones y a poner en palabras aquello que muchas veces todavía no pueden explicar de otro modo.
Lev Vygotsky, una figura central de la psicología del desarrollo, entendía el juego como un verdadero motor del crecimiento mental. Cuando un niño hace de cuenta que un objeto representa otra cosa, no está “perdiendo el tiempo”: está dando un salto fundamental. Está aprendiendo a separar lo que ve de lo que imagina, a crear significados propios y a actuar no solo a partir de lo inmediato, sino también desde su mundo interno.
Por eso el juego simbólico tiene tanta importancia. En ese espacio inventado, una silla puede ser un colectivo, una mesa puede ser una cueva y un muñeco puede tener hambre, miedo o sueño. Allí el niño organiza escenas, reparte roles, imita a los adultos, procesa experiencias y encuentra formas de comprender lo que vive. El juego le ofrece un lenguaje propio para elaborar la realidad.
También es en el juego donde empieza a formarse la voluntad. Aunque parezca espontáneo y libre, jugar suele implicar reglas. Si una niña juega a ser médica, necesita sostener ese rol; si un grupo juega a las escondidas, alguien debe contar, otros deben esperar y todos aceptan ciertas condiciones para que la escena tenga sentido. Así, de una manera placentera y profundamente humana, los niños aprenden a regularse, a escuchar, a ponerse en el lugar de otros y a sostener acuerdos.
Las pantallas forman parte de la vida cotidiana y no se trata de demonizarlas. El problema aparece cuando ocupan el lugar del juego libre, del cuerpo en movimiento, del encuentro con otros y de la imaginación activa. Una pantalla puede entretener, mostrar imágenes atractivas y ofrecer estímulos rápidos. Pero el juego permite algo distinto: que el niño sea protagonista, que cree una escena, que transforme lo que tiene a mano y que descubra sus propios recursos.
Defender el juego, entonces, no es mirar la infancia con nostalgia ni rechazar la época en la que vivimos. Es recordar que los niños necesitan tiempo, presencia, espacio y objetos simples para desplegar su imaginación. Necesitan adultos que no llenen cada silencio con una pantalla, sino que habiliten preguntas, recorridos, canciones, disfraces, cuentos, barro, bloques, pelotas, muñecos y mundos inventados.
Porque cuando un niño juega, no solo se divierte: crece. Aprende a habitar el mundo, a relacionarse con los demás y a reconocerse a sí mismo. En tiempos de estímulos rápidos y respuestas inmediatas, tal vez una de las tareas más importantes de los adultos sea cuidar ese territorio frágil y poderoso donde la infancia se inventa jugando.

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