¿Y si el bienestar también se hubiera convertido en exigencia?

Hubo un tiempo en que hablar de bienestar era hablar, sencillamente, de salud. De encontrar modos de vivir un poco mejor, de cuidar el cuerpo, los vínculos, el descanso y la propia vida. Sin embargo, algo parece haber cambiado. Hoy el bienestar ya no aparece solamente como un horizonte querido, sino que muchas veces se presenta como una obligación.

Dormir ocho horas, alimentarse correctamente, entrenar, meditar, hacer terapia, ser productivos, disfrutar del trabajo, construir vínculos sanos, agradecer, viajar, desconectarse de las pantallas y sonreír. Paradójicamente, aquello que nació para aliviar empieza a convertirse en una nueva fuente de presión.

Quizá la pregunta no sea cómo alcanzar el bienestar, sino cuándo el «estar bien» pasó a ser una nueva exigencia.

Cuando una práctica deja de ser una elección para transformarse en un mandato, pierde buena parte de su capacidad de cuidado. Lo que antes ofrecía descanso comienza a generar culpa.

Existe una palabra que proviene de la fisiología, pero que también resulta profundamente útil para pensar la vida psíquica: homeostasis. Se refiere a la capacidad del organismo para mantener un equilibrio dinámico frente a los cambios del entorno. No significa perfección, sino la posibilidad de regularse y recuperar cierta estabilidad después de una alteración.

Porque no es lo mismo bienestar que ausencia de malestar.

Durante mucho tiempo se difundió la idea de que una persona psicológicamente sana era alguien que nunca se angustia, nunca se enoja, nunca se frustra y nunca duda. Sin embargo, crecer también consiste en descubrir que la vida está hecha de matices. Aceptar esos matices también forma parte de una vida saludable.

Hoy pareciera que también hay que descansar correctamente. Relajarse correctamente. Meditar correctamente. Incluso el ocio parece necesitar objetivos y resultados.

Vivimos funcionando. No siempre vivimos registrando. Y esa diferencia no es menor.

Registrar implica detenerse, escuchar y sentir lo que nos pasa, advirtiendo también nuestros propios límites.

Reconocer nuestra responsabilidad no implica atribuirnos una omnipotencia que nadie posee. También existen condiciones que no elegimos: el trabajo, el tiempo disponible, la situación económica, las redes de apoyo o el acceso a la salud.

Somos responsables de nuestras decisiones. Pero no somos omnipotentes.

Quienes trabajamos en la clínica sabemos que existen tiempos donde pedirle a alguien que «esté bien» puede convertirse en una enorme violencia. Un duelo, una enfermedad, una separación o una pérdida importante tienen sus propios tiempos.

No todo malestar necesita ser eliminado. A veces necesita ser escuchado. A veces necesita ser elaborado.

En muchas ocasiones, acompañar vale más que ofrecer respuestas inmediatas. Hay experiencias que no pueden resolverse de un día para otro, pero sí pueden ser atravesadas cuando encontramos presencia, escucha y tiempo.

Todo esto ocurre, además, en una época donde el bienestar también constituye un enorme mercado. Muchas herramientas pueden ser valiosas. El problema aparece cuando se presentan soluciones rápidas para problemas profundamente humanos.

Tal vez, después de todo, el bienestar no consiste en estar siempre felices, sino en poder habitar también los momentos difíciles sin sentir que por eso estamos fallando.

Quizá cuidarnos no siempre implique exigirnos un poco más. Quizá, en cambio, consista en tratarnos con un poco más de respeto, con un poco más de tiempo y con un poco más de humanidad.

Manuela All

Lic. en Psicología Psicoanalista Con formación en psicodiagnóstico Actualmente en formación en Derecho Penal

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