Hace algunas semanas empezó a circular una expresión que dejó a más de un adulto rascándose la cabeza: «farmear aura». La frase mezcla «farmear» (del inglés *to farm*, cultivar o acumular recursos, tomado de la jerga de los videojuegos) con «aura» (esa cualidad difusa que hace que alguien se vea con carisma, estilo o presencia). Al unir las dos palabras, aparece una práctica muy concreta: chicos y chicas posando, bailando o improvisando gestos frente a otros, compitiendo.
La dinámica saltó de TikTok a las plazas, y de las plazas a los patios de las escuelas.
Si recordamos épocas anteriores, sobre todo si transitamos la adolescencia entre 2005 y 2009, los términos más comunes eran: «repiola», «cheto», «manzana», «tuki». Palabras que hoy suenan a reliquia, pero que en su momento cumplían exactamente la misma función que «farmear aura» cumple ahora: marcar quién estaba adentro del código y quién no.
Cada generación crea su propio vocabulario como parte del proceso de separación de los adultos, algo característico de la etapa. Los grupos de pares —tan centrales en la escuela— son el terreno donde se cultiva ese lenguaje compartido. Y se espera que les dé identidad y los diferencie tanto de los adultos como del habla «estándar».
Es ensayo y error puesto en palabras: probar una identidad, ver si el grupo la válida, descartarla si no funciona, probar otra.
Antes, expresiones como «repiola» tardaba meses en cruzar un barrio. Hoy, «farmear aura» cruza continentes en una tarde. Las plataformas digitales aceleran la difusión de este tipo de códigos. Pero la necesidad psicológica de fondo —pertenecer, diferenciarse, ensayar una identidad propia— es la misma que atravesaron todas las generaciones anteriores.
Vale la pena decirlo con todas las letras: no se trata de que «farmear aura» esté bien o mal, ni de que haya que permitirlo sin límites dentro del aula. Un docente puede perfectamente pedir que las batallas de aura se guarden para el recreo y no para la hora de matemática. Eso es poner un límite razonable, no negar el fenómeno. Lo que cambia es la mirada: en vez de leerlo como una falta de respeto o una pérdida de tiempo, se lo puede entender como una manifestación más de esa búsqueda de pertenencia y autonomía que define la etapa.
Reconocer el código —aunque no se lo use— abre una puerta: reduce la distancia generacional. Y hace más fácil poner límites sin que se sientan como rechazo a quién es ese chico o esa chica en este momento de su vida.
No es necesario adoptar la jerga de forma artificial ni fingir que uno «las entiende todas». Alcanza con no tratarla como una rareza a corregir, sino como una prueba más del oficio de ser adolescente. El de probarse, mostrarse, buscar aprobación de los pares, todo por primera vez.
Si algún docente se anima, la próxima vez que dos estudiantes se enfrenten en una «batalla de aura» en medio del pasillo, puede sumarse por un segundo. No hace falta ganar la batalla. Alcanza con demostrar que el aura, como la tiza y el mal humor de los lunes, también se cultiva con los años.
Y viene bien pensarlo justo en septiembre, mes delDía del Maestro. Porque si hay alguien que farmea aura de verdad, hace veinte años que lo hace sin necesidad de ponerle nombre. Es quien entra a un aula todos los días y sostiene la atención de treinta adolescentes que están, ante todo, tratando de descubrir quiénes son. Ese trabajo silencioso de acompañar sin imponerse, de poner límites sin desautorizar, de entender antes de corregir, es el aura que de verdad se cultiva con los años. La que no necesita batalla en el pasillo para hacerse notar.
Al final, la jerga de los chicos de hoy no es tan distinta de la nuestra. Son las mismas ganas de destacar, las mismas ganas de pertenecer, con otro nombre y otra velocidad. Entenderlo así no resuelve todo lo que pasa en un aula. Pero, por lo menos, evita convertir una etapa normal del crecimiento en un motivo de pelea. Y en el mes en que celebramos a quienes eligen la docencia, no está de más recordar que el aura más genuina no se farmea de un día para el otro: se enseña, todos los días, con paciencia.

Maestra especial y Psicopedagoga
Creadora de “Al cole con Sil”

