Cuando la separación llega en plena adolescencia

Cuando una pareja se separa y hay hijos adolescentes, suele aparecer una idea tan extendida como engañosa: «Ya son grandes, entienden todo«. Sin embargo, comprender una situación no significa no sufrirla. Por ello, hablamos de separación.

La adolescencia es una etapa atravesada por cambios profundos. Los jóvenes están construyendo su identidad, buscando autonomía, redefiniendo vínculos y tratando de encontrar su lugar en el mundo. En medio de ese proceso, la separación de sus padres puede representar un movimiento emocional significativo, aunque no siempre se exprese de manera evidente.

A diferencia de los niños pequeños, los adolescentes muchas veces no lloran abiertamente ni buscan constantemente hablar de lo que sienten. Algunos se muestran indiferentes, otros se refugian en sus amigos, pasan más tiempo fuera de casa o parecen concentrarse exclusivamente en sus actividades. Sin embargo, detrás de esas conductas puede haber tristeza, incertidumbre, enojo o preocupación.

Por eso, uno de los errores más frecuentes de los adultos es asumir que, porque ya no son niños, necesitan menos acompañamiento emocional. En realidad, siguen necesitando adultos disponibles, capaces de escuchar sin invadir y de sostener sin exigir explicaciones permanentes.

También es habitual que, en medio del dolor y las tensiones propias de una separación, los hijos queden atrapados en situaciones que no les corresponden. Convertirlos en mensajeros entre ambos padres, compartir con ellos conflictos de pareja o esperar que tomen partido genera una carga emocional que puede resultar muy difícil de sostener.

Los adolescentes necesitan saber que no son responsables de lo que ocurre entre los adultos. Necesitan escuchar, de manera explícita, que la separación no es su culpa, que no tienen que elegir entre mamá y papá y que sus sentimientos son válidos, incluso cuando son contradictorios.

Porque es posible sentir alivio y tristeza al mismo tiempo. Es posible querer a ambos padres y enojarse con ellos. Es posible extrañar la vida anterior mientras se intenta construir una nueva normalidad.

La familia cambia cuando una pareja se separa, pero no desaparece. Los vínculos continúan transformándose y reacomodándose. Cuando los adultos logran preservar el respeto, sostener acuerdos básicos de crianza y priorizar las necesidades de sus hijos por encima de los conflictos personales, ofrecen una base de seguridad fundamental para atravesar este proceso.

La separación, por sí misma, no es lo que más daña a los adolescentes. Lo que suele generar mayores heridas es quedar expuestos a conflictos permanentes, lealtades divididas o responsabilidades que no les corresponden.

Acompañar a un adolescente durante una separación implica reconocer que también está transitando un duelo. Un duelo por la familia que conocía, por ciertas rutinas, por algunos proyectos compartidos y por una forma de habitar el mundo que ya no será igual.

Y como todo duelo, necesita tiempo, escucha y adultos que puedan recordarle algo esencial: aunque muchas cosas cambien, seguirá teniendo una familia que lo cuide, lo acompañe y lo quiera.

Natalia Ugalde

Counselor y Coach Infantojuvenil y Familiar. Tesista en Niñez, Adolescencia y Familia. Instagram: @natipowerbambu Correo: natiugaldesoy@gmail.com www.linkedin.com/in/nataliaugaldecrianza

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