En una nueva emisión de Redes de Bienestar, Valeria Bronstain conversó con la Counselor y especialista en adolescencia Natalia Ugalde. La charla fue sobre un perfil de adolescente del que se habla poco: aquellos que parecen estar siempre bien, cumplen con todo y no generan conflictos, pero que muchas veces viven una fuerte autoexigencia que pasa inadvertida.
Cuando se habla de adolescencia, es frecuente que la atención se centre en los conflictos, la rebeldía o las conductas que preocupan a las familias. Sin embargo, existe otra realidad que suele pasar desapercibida: la de los adolescentes que no hacen ruido. Los que cumplen con las expectativas, obtienen buenos resultados y parecen no necesitar ayuda.
Durante la charla, la profesional invitó a correr la mirada de los estereotipos para prestar atención a estos jóvenes que, justamente por no generar problemas visibles, muchas veces quedan fuera del radar de los adultos.
«No toda la adolescencia es ruidosa», explicó. «Existe una tendencia a pensar que si un adolescente es responsable, le va bien en el colegio, es autónomo y no genera conflictos, entonces está todo bien. Y no siempre es así.»
Lejos de cuestionar esas características, aclaró que la autonomía, la responsabilidad y el buen desempeño son aspectos positivos. Sin embargo, señaló que, en algunos casos, detrás de ese funcionamiento aparece un rasgo en común. Es la marcada autoexigencia y una necesidad constante de no convertirse en una preocupación para los padres.
Son adolescentes que suelen adaptarse a todo, que rara vez expresan lo que sienten. Que, en lugar de exteriorizar sus emociones, las guardan para sí mismos.
"Son chicos sobreadaptados. En vez de mostrar lo que les pasa, lo internalizan. No hacen ruido, pero eso no significa que no estén atravesando dificultades."
Muchas veces son definidos como «el hijo perfecto»: colaboran en la casa, tienen buen rendimiento académico, son respetuosos, organizados e independientes. Precisamente por eso, los adultos suelen asumir que no necesitan tanta atención como otros hijos que presentan conflictos más visibles.
Sin embargo, la especialista advirtió que esa tranquilidad aparente puede esconder altos niveles de ansiedad, una gran dificultad para tolerar la frustración y la sensación de que no tienen permitido equivocarse o estar mal.
A medida que crecen, estas características suelen hacerse más evidentes cuando aparecen desafíos propios de la vida, como elegir una carrera, afrontar un examen importante, iniciar una relación afectiva, ingresar al mundo laboral o enfrentarse a situaciones que no pueden controlar.
«Muchos llegan a consulta cuando empiezan la universidad o siendo ya jóvenes adultos. No porque tengan una mala relación con sus padres, sino porque nunca estuvieron acostumbrados a llevar una dificultad o una frustración a alguien.»
La conversación también puso el foco en el modo en que, muchas veces sin intención, los adultos refuerzan esta manera de funcionar. Celebrar únicamente los logros, preguntar siempre por el rendimiento o minimizar aquello que salió mal puede transmitir el mensaje de que el valor personal depende exclusivamente de hacer las cosas bien.
Por eso, la profesional propuso revisar algunas preguntas cotidianas. En lugar de limitarse a «¿Cómo te fue en el colegio?», invitó a abrir espacios diferentes con preguntas. «¿Cómo estuviste hoy?», «¿Cómo te sentiste?» o «¿Qué fue lo mejor y lo más difícil de tu día?».
También destacó la importancia de poder sostener los silencios. Entendiendo que muchos adolescentes no responden de inmediato, pero necesitan saber que existe un adulto disponible para escucharlos sin juzgarlos.
Otro punto importante fue comprender que la autoexigencia no siempre surge porque los padres la impongan. En algunos casos puede haber modelos familiares muy orientados al rendimiento; en otros, simplemente responde a características propias de cada adolescente o incluso al contexto social en el que viven.
«La realidad que los chicos observan también influye. Escuchan hablar de las dificultades económicas, de la incertidumbre, del trabajo. Todo eso también forma parte de lo que van construyendo.»
Hacia el final de la entrevista, la especialista explicó que estos adolescentes no siempre llegan tempranamente a una consulta porque, mientras la ansiedad se mantenga dentro de parámetros esperables y continúen funcionando bien, su malestar suele permanecer invisible.
Por eso, el desafío no es alarmarse sino desarrollar una mirada más atenta. No dar por hecho que, porque un hijo cumple con todo y nunca trae problemas, necesariamente está bien.
La invitación final fue a acompañar sin esperar que aparezca un conflicto para acercarse. A generar conversaciones más profundas, interesarse por cómo viven las exigencias cotidianas y recordar que, detrás de un adolescente que parece poder con todo, también puede haber alguien que necesita ser escuchado.
Escuchá la charla de la profesional en la radio:

Counselor y Coach Infantojuvenil y Familiar.
Tesista en Niñez, Adolescencia y Familia.
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Correo: natiugaldesoy@gmail.com
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