Desde pequeña siempre me consideré una persona muy positiva. Solía creer que todo iba a estar mejor y refugiarme en algún enamoramiento, proyecto o idea que me permitiera escapar, crear una fantasía aunque fuera por un momento, de la realidad que estaba viviendo.
Durante mi infancia crecí en un contexto familiar complejo. Había conflictos constantes, una madre atravesando una depresión crónica y un hermano con sus propias dificultades. Era una época en la que no se hablaba demasiado de lo que sucedía emocionalmente y donde los recursos para afrontar el sufrimiento eran escasos. Sin que nadie me lo pidiera explícitamente, ocupé el lugar de cuidadora. Con el tiempo entendí que esto suele ocurrir en muchas familias: cada integrante adopta un rol que le brinda cierta seguridad y que luego arrastra a la adultez, aunque más adelante pueda revisarlo y transformarlo.
En la adolescencia, la sensación de no pertenecer, las experiencias de bullying y algunas situaciones de humillación dentro de mis grupos de amigas hicieron que la fantasía se volviera un refugio aún más necesario. Fantasear me ayudaba a regular la ansiedad y a aliviar una realidad que muchas veces resultaba dolorosa. Era una forma de sostenerme emocionalmente cuando todavía no tenía otras herramientas. Hoy sigo reconociendo esa tendencia en mí, pero con una diferencia importante: ahora soy consciente de ella. Cuando noto que estoy fantaseando demasiado, suelo preguntarme qué está pasando en mi cuerpo y en mi vida para necesitar escapar de esa manera.
Entiendo que la fantasía fue un mecanismo de defensa que me permitió atravesar momentos difíciles y sobrevivir emocionalmente. Durante muchos años me sostuvo a través del pensamiento mágico, de la esperanza y de la ilusión.Sin embargo, también conocí su otro lado. La fantasía puede alejarnos de nosotros mismos. Puede llevarnos a vivir más en escenarios imaginarios que en nuestra propia realidad, a perdernos en vínculos construidos desde las expectativas y no desde lo que realmente sucede.
El año pasado atravesé un colapso emocional que me obligó a mirar esto de frente. Por primera vez pude decirme: «La película que me estoy contando no es la realidad». Y entonces comenzó algo mucho más difícil: hacerme cargo de emociones que durante años no había podido sentir ni procesar. Durante mucho tiempo mi pensamiento mágico me hizo creer que todo estaba bien, que podía seguir adelante sin detenerme a mirar el dolor acumulado. Pero cuando esa estructura comenzó a desarmarse, también aparecieron los recursos necesarios para afrontar lo que había quedado guardado.
Fue un proceso profundamente doloroso. Un dolor que no solo era emocional, sino también corporal. Me llevó a cuestionar aspectos de mi vida que ya no estaban en congruencia conmigo y a dejar atrás situaciones que ya no podía sostener. Sentía que no podía tolerar nada que me hiciera daño o que me alejara de quien realmente era.
Y, sin embargo, en medio de ese dolor apareció algo inesperado: alivio.
Alivio por dejar de vivir dentro de la fantasía, o por dejar de perderme en historias imaginarias y empezar a elegirme a mí misma. Alivio por comenzar a habitar mi propia vida. La sensación más cercana que encuentro para describirlo es la de un descongelamiento. Como si durante años hubiera vivido desconectada de ciertas emociones y, de repente, hubiera comenzado a sentirlas.
Mi cuerpo se transformó en un mapa que empezó a mostrarme el camino. Ya no necesitaba entenderlo todo ni encontrar explicaciones para cada cosa. Necesitaba aprender a acompañarme, a escucharme y a contenerme.Porque a veces sanar no consiste en comprender más, sino en sentir aquello que durante mucho tiempo no pudimos sentir. Y quizás, detrás de cada fantasía que construimos para sobrevivir, exista una emoción esperando ser reconocida con amor.

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