Una pausa necesaria en la cultura de la inmediatez
El pasado fin de semana tuve la oportunidad de viajar desde San Carlos de Bolívar hacia la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para asistir a la Feria Internacional del Libro, realizada en el predio de La Rural. Entre la multiplicidad de propuestas culturales, una en particular captó mi atención: la denominada “cita a ciegas con un libro”. La dinámica era simple, pero conceptualmente potente: por una suma fija, el lector adquiría un ejemplar envuelto, sin conocer su título ni su autor. Solo se ofrecían como orientación una breve reseña y el género literario.
En apariencia, podría tratarse de una estrategia comercial más. Sin embargo, en términos simbólicos, la propuesta habilita una lectura más profunda. En una época signada por la inmediatez, la sobreinformación y la necesidad constante de control, aceptar un libro desconocido implica una renuncia —aunque sea momentánea— al saber total. Supone abrir un espacio para la incertidumbre, para lo inesperado, para aquello que no puede anticiparse ni calcularse.
Esta experiencia contrasta de manera significativa con ciertas prácticas contemporáneas de la vida cotidiana. Al regresar a Bolívar, asistí al cumpleaños de una preadolescente donde, como ocurre con frecuencia, el regalo fue reemplazado por dinero en efectivo o gift card para algún lugar de belleza o tienda de ropa. Esta modalidad, si bien práctica, elimina en gran medida la dimensión simbólica del acto de regalar. Desaparecen la elección, la duda y la pregunta por el otro: ¿qué le gustará?, ¿qué necesita?, ¿cómo sorprenderlo?
El reemplazo del objeto por su equivalente monetario no constituye un fenómeno aislado, sino que se inscribe en una lógica cultural más amplia. En ella, el tiempo se optimiza, la incertidumbre se evita y el error se minimiza. Sin embargo, en ese proceso también se diluyen experiencias subjetivas fundamentales, entre ellas, la sorpresa.
Desde una perspectiva psicológica, la sorpresa es una emoción primaria que emerge ante lo inesperado. Su carácter es inicialmente neutro: no es, en sí misma, positiva ni negativa. Es el sujeto quien, posteriormente, le otorga una valencia afectiva. No obstante, antes de esa interpretación, la sorpresa cumple una función clave: interrumpe el flujo habitual de la experiencia, genera una pausa atencional y habilita la reevaluación de la situación. En términos neurocognitivos, se trata de un mecanismo que favorece el aprendizaje y la adaptación.
En este sentido, la progresiva eliminación de la sorpresa en nuestras prácticas cotidianas no es un gesto menor. Implica reducir las oportunidades de pausa, de apertura y de reorganización subjetiva. Supone, además, un empobrecimiento de la experiencia vincular: regalar deja de ser un acto de encuentro con el otro para transformarse en una transacción eficiente.
La cultura del “saber” inmediato refuerza esta tendencia. Decir “no sé” se vuelve incómodo, incluso socialmente sancionado. Todo parece exigir anticipación, resolución y validación previa. Sin embargo, es precisamente en el no saber dónde se habilita la posibilidad del descubrimiento, del deseo y del vínculo genuino.
Volver a lo esencial no implica rechazar los avances de la modernidad, sino interrogar críticamente sus efectos. Tal vez se trate de reintroducir, de manera deliberada, espacios de incertidumbre en la vida cotidiana: animarse a elegir un libro sin conocerlo, dedicar tiempo a pensar un regalo, permitirse sorprender —y también sorprender a otros.
Recuperar la sorpresa es, en definitiva, recuperar una forma de habitar el mundo: una que incluya la pausa, el encuentro y la posibilidad de sentir —con el cuerpo y con la mente— aquello que no siempre puede preverse.

Licenciada en psicopedagogía. MP:198.719
Prevención, evaluación y tratamiento de problemas de aprendizajes.
Orientación a padres.
Evaluación neurocognitiva.

