Más acá de la vida: ¿cómo constituimos realidad en la virtualidad?

En tiempos de hiperconectividad y velocidad, la promesa de cercanía convive con el sentimiento de soledad. Este artículo propone una reflexión sobre la virtualidad y sus efectos en el lazo social, invitando a recuperar la presencia, el tiempo y la experiencia. La realidad como resistencia, el paso del tiempo y las fuentes de frustración.

El siglo XXI trae aparejadas transformaciones profundas en las formas de lazo social. Con el advenimiento de la internet, la eventual instalación de las redes sociales y, con ellas, del llamado “contacto” —¿contacto?— online, las modalidades de encuentro entre las personas se han visto modificadas, cuando no directamente desplazadas, por una conexión mediada por la pantalla. Este escenario nos convoca a interrogar el impacto que tales transformaciones producen en los procesos de subjetivación.

Desde una lectura de la clínica psicoanalítica, resulta necesario preguntarnos: ¿hay presencia en lo virtual? ¿Se puede prescindir de la corporalidad para querernos y cuidarnos? ¿Cuáles son aquellas coordenadas que hoy nos constituyen como sujetos en el lazo con otros?

El encuentro con un otro, como espacio para descubrir un nuevo mundo posible, pareciera haber quedado suspendido y supeditado a la lógica de la rapidez. La inmediatez de las conexiones informáticas irrumpe allí donde antes había tiempo y espera. Pero… ¿es esto sinónimo de unión y constitución de un vínculo?

En un mundo que promete “globalización” y “conexión absoluta”, al estilo de lo omnipotente, bajo una lógica en la que “todo es posible”, nos encontramos, paradójicamente, con que nos sentimos cada vez más solos y solas. Parafraseando el dicho “mucho ruido y pocas nueces”, pareciera haber mucho movimiento y poca huella. No son pocas las personas que se encuentran con el sentimiento de soledad y que relatan sensaciones de “vacío” en su día a día. Expresiones como “no sé qué me gusta”, “no sé qué hice de mi vida ni qué estoy haciendo”, “¿qué hago?, no puedo disfrutar de nada”, “nada me conforma”, “nada me viene bien”, se repiten con gran frecuencia tanto en la vida como en el consultorio, señalando una dificultad para alojar algo de la propia experiencia.

La pantalla pareciera prometer mundos posibles… Sin embargo, miramos todo sin mirar nada. El transitar la vida -eso que también podríamos nombrar  como experiencia (estar fuera)– pareciera haber quedado capturada por las nubes. Aunque no por aquellas que nos convocan a volar y soñar, sino más bien un tipo de nube que nos ofrece la ilusión de que los hechos sucedan como por arte de magia: sin precio, sin falta. El precio de ello es la frustración y, cómo no, el aislamiento.

En tiempos donde el lema preponderante pareciera ser “en menos tiempo, más cosas” quizás sea prudente y necesario hacer una pausa. Parar la pelota. Mirar(se). Poder decir(se): “más tiempo y más (d)espacio”.

Quizás sea tiempo de dejar de estar en modo búsqueda y de ser presencia. Después de todo los milagros sí existen: son las manos que se extienden para estar y acompañar.

Manuela All

Lic. en Psicología Psicoanalista Con formación en psicodiagnóstico Actualmente en formación en Derecho Penal

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