En un mundo que muchas veces impone solemnidad y resultados, hablar del humor como recurso de acompañamiento puede parecer una provocación. Sin embargo, lejos de ser una frivolidad, el sentido del humor es una herramienta valiosa para transitar emociones, aliviar tensiones y generar nuevas miradas sobre uno mismo y el entorno.
El humor, en su forma más genuina, no niega el dolor ni lo minimiza. Por el contrario, ofrece una vía alternativa para procesarlo, integrarlo y, en muchos casos, resignificarlo. Nos conecta con nuestra humanidad, con la capacidad de ver más allá del conflicto inmediato y encontrar, incluso en la adversidad, una chispa de vitalidad.
Desde el Counseling y el Coaching, especialmente en el acompañamiento de adolescentes y jóvenes, el humor no es un accesorio sino un recurso estratégico. Nos permite entrar en diálogo desde un lugar más liviano, más cercano, menos intimidante. Es una puerta de entrada al vínculo, al reconocimiento mutuo, al juego y al despliegue de la creatividad.
La adolescencia, etapa por excelencia de contradicciones, búsquedas identitarias y exploraciones emocionales, se ve enriquecida cuando el humor aparece como un lenguaje válido. No se trata solo de «hacerlos reír» sino de ayudarles a reírse con conciencia: de sí mismos, de sus pensamientos catastróficos, de sus miedos amplificados, de los mandatos heredados.
Porque reírse de algo es, en cierto modo, ganar poder sobre ello. Y para una persona joven que se siente muchas veces dominada por lo que no entiende o no puede controlar, reír puede ser un acto de emancipación.
Los espacios de acompañamiento emocional y desarrollo personal se vuelven entonces escenarios donde el humor no es evasión, sino transformación. Donde la risa no se contrapone a la profundidad, sino que la potencia. Donde compartir una anécdota graciosa o reírse de una metida de pata puede allanar el camino hacia una reflexión más honda. Hacia una aceptación más amorosa.
En el fondo, el humor invita a habitar la imperfección con ternura. Ayuda a reconfigurar nuestras historias desde un lugar más humano, más compasivo y menos dramático.
Desde mi práctica profesional, puedo afirmar que muchas veces, un chiste oportuno, una observación irónica o una carcajada compartida han hecho más por un proceso de apertura que cualquier protocolo rígido. El humor desarma, acerca, afloja.
Y en esa risa compartida, en ese momento donde el peso se vuelve más liviano, emerge una verdad sencilla pero profunda: no todo tiene que doler para transformarnos.
Por: Natalia Ugalde

Counselor – Coach Infanto juvenil y Familiar –

Counselor y Coach Infantojuvenil y Familiar.
Tesista en Niñez, Adolescencia y Familia.
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