Imaginen un niño, pequeño, de alrededor de 1 año de edad. Que si bien ha empezado a comunicarse de las maneras posibles para su capacidad, ahora comienza a percibir con más atención, las palabras que le son dichas e intenta responder, a su modo, con un vocabulario casi incomprensible, pero que en fin, ya ha ingresado al mundo dela comunicación verbal. Participa de él, escucha, reacciona frente a las distintas emociones y timbres de voz. Como así, identifica la música, intenta quizás cantar, emitir sonidos que arma confusamente y con los que quiere transmitir algo. Hoy: El poder de las palabras 2.
Este niño se vincula afectivamente con quienes lo rodean y cuyas presencias le son muy conocidas debido a que recibe de estas personas alimento, cuidados, protección y amor cotidianamente. Y que son mamá, papá, hermanos, abuelos, otros parientes y/o personas que lo cuidan. En los que confía, gracias a los cuales puede sobrevivir ya que su estado de indefensión no le permitiría un autoabastecimiento.
Imaginen que crece escuchando esto: ¡Muy bien! ¡Qué lindo! ¡Te quiero mucho! ¡Vení! ¡Vamos a jugar! ¡Vamos a cantar! ¡Qué rico!. ¡Qué bien que estás aprendiendo!; en un tono suave que le genera confianza, seguridad, tranquilidad, bienestar y respuestas hacia el emisor, buen carácter, sonrisas. Y como síntesis un buen estado de salud psicofísica.
Ahora imaginen al mismo niño creciendo y escuchando lo siguiente: ¡No! ¡Eso no se toca! ¡Me tenés cansado! ¡Andate! ¡Te vas a dormir! ¡Sos un asqueroso!. ¡Un tonto! ¡Sos un inútil! ¡malo!. ¡Sos un desastre!; en un tono de grito, enojo, disgusto. Esto le va a generar miedo, falta de confianza en sí mismo, inseguridad, llanto, sentimiento de desprotección. Como así, mal humor, y como consecuencia alteraciones en su estado de salud que pueden variar desde dificultades para conciliar el sueño hasta cualquier síntoma físico o psíquico.
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Surge la pregunta entonces ¿Cuál es la mejor manera de enseñarle, de educarlo, de criarlo?
Y sí, lo mejor es la palabra, pero con paciencia, con dulzura, con amor, con el propio ejemplo, con un previo acuerdo entre los padres, para no enviar mensajes confusos. Con algunas modificaciones en el hogar y en la familia que hagan un ambiente sin peligros para este pequeño y valorado ser.
Debemos saber también que la capacidad de comprensión y aprendizaje no es la misma en un niño de 1 año, de 10 años o de un adulto.
Cada paso a su tiempo, no exijamos a un bebé que se comporte como un niño: no exijamos a un niño que se comporte como un adulto.
Seamos cuidadosos con las palabras que nos dirigimos a los niños, tanto así con las miradas y los gestos con que nos comunicamos con ellos.
Intentemos dejar dulces huellas en la infancia de nuestros hijos. Sin gritos, sin amenazas, sin agresión. Pero sí con amor, con límites, con experiencias y aprendizajes compartidos, con nuestro ejemplo y sin olvidar que somos seres humanos (o que intentamos serlo).
Derechos de autor: Lic. Gabriela Bulaievsky
Psicóloga

licenciadagabrielabulaievsky@gmail.com
Fuente: https://www.lostiempos.com/

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