El inicio de clases no es solamente un cambio de calendario. Es una transición. Y toda transición nos moviliza.
Mientras los adultos pensamos en útiles, uniformes y horarios, muchos niños están atravesando algo más profundo: la anticipación de lo que vendrá. Y la anticipación puede generar entusiasmo… o ansiedad.
En los días previos es frecuente observar dolores de estómago, dificultad para dormir, irritabilidad o resistencia a hablar del tema. Estos signos no siempre indican un problema, pero sí nos están diciendo que el cerebro está activando su sistema de alerta frente a lo nuevo.
Desde una mirada neurocognitiva, sabemos que el cerebro infantil necesita previsibilidad para sentirse seguro. Las vacaciones implican mayor flexibilidad, menos exigencias y menor demanda cognitiva. Volver a clases supone nuevas responsabilidades, evaluación, reorganización de rutinas y, en muchos casos, el recuerdo de experiencias escolares previas que no siempre fueron fáciles ni felices.
¿Cómo podemos acompañarlos este momento?
Anticipar sin presionar
Hablar del inicio con naturalidad ayuda a disminuir la incertidumbre. Frases como “Vamos a organizarnos para que sea más fácil” transmiten seguridad. En cambio, comentarios centrados en la exigencia (“Este año tenés que esforzarte más”) pueden aumentar la tensión.
Reordenar rutinas progresivamente
El ajuste del horario de sueño no debería hacerse el día anterior al inicio. Adelantar la hora de acostarse de manera gradual, regular el uso de pantallas y retomar horarios estructurados facilita la adaptación biológica y emocional.
Involucrarlos en la organización
Preparar juntos la mochila, armar el espacio de estudio o etiquetar los útiles fortalece la sensación de competencia. Cuando el niño participa, siente mayor control sobre la situación.
Dividir tareas en pasos
La organización es una función ejecutiva que se aprende. En lugar de pedir “ordená todo”, podemos guiar: primero saquemos el contenido de la mochila, quitemos lo que no usamos, luego revisemos qué si necesitas y finalmente guardamos. Reducir la sobrecarga favorece la autonomía.
Si un niño expresa “no quiero ir”, lo más importante es escuchar antes de interpretar. Minimizar o comparar no suele ayudar. Validar no significa estar de acuerdo con evitar la escuela, sino reconocer la emoción: “Entiendo que estés nervioso/a, vamos a ver cómo podemos ayudarte”. Muchas veces el temor no es a la escuela en sí, sino a no poder responder a las demandas académicas.
Es importante observar si el malestar es transitorio o intenso y sostenido. Cuando aparecen síntomas físicos frecuentes, rechazo extremo o antecedentes de dificultades escolares, puede ser oportuno consultar. Detrás de la resistencia, en ocasiones, hay desafíos de aprendizaje que aún no fueron comprendidos.
El mensaje más poderoso que podemos transmitir no es “tenés que hacerlo perfecto”, sino “contas conmigo y si algo cuesta, lo trabajamos”. La seguridad emocional es una de las bases del aprendizaje. Un cerebro que se siente acompañado aprende mejor.
El inicio de clases es, entonces, una oportunidad: para observar, para organizar y, sobre todo, para fortalecer el vínculo desde el acompañamiento. Porque más allá de los contenidos, lo que verdaderamente sostiene el aprendizaje es la confianza.
Psicopedagoga. Master en Neuropsicología.
Autora del libro “Dislexia” Acompañando el desafío de aprender
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