Patologización y medicalización de la infancia

Hace un tiempo, una pediatra me derivó un niño de un año y medio para que trabaje con él, como estimuladora temprana.

El motivo fue «problemas de conducta».  

Cuando le pregunté a la mamá que significaba esa frase, me comentó que su hijo se movía mucho, pegaba, no aceptaba el «no».

Comenzamos a trabajar pero cambiando el objetivo de los encuentros. El foco no estuvo puesto en el bebé, sino en las miradas de los adultos hacia él.

¿Cómo puede ser que un profesional de salud considere que un bebé de un año tiene problemas de conducta? ¿En qué punto lo esperable de la infancia se convirtió en un síntoma? 

Desde el punto de vista del desarrollo infantil, es muy sano que un bebé sea inquieto, que se mueva, experimente, toque, se lleve todo a la boca, no quiera hacer caso a los adultos. La infancia es movimiento, es caos, es desorden. Es esperable que en los primeros años, los bebés pasen de una actividad a otra, sosteniendo las mismas por breves momentos. Todo es nuevo para ellos. 

Los niños tienen otros tiempos, necesitan otros tiempos. Somos nosotros, los adultos, los que tenemos que ajustar nuestras expectativas y deseos a ellos, respetando sus necesidades. Lamentablemente, en nuestra sociedad, el desarrollo del niño de nuestra época debe cumplirse en un tiempo y secuencia determinada, bajo normas estandarizadas y normalizadas. 

En los últimos años ha habido una tendencia a considerar ciertos comportamientos esperables como parte de una enfermedad. Eso es patologizar: otorgarles un sentido negativo a procesos que son esperables.

Cuestiones que forman parte del desarrollo son vistas desde los adultos como problemas. Muchas veces esto viene de la mano de la prescripción de recetas. Se medicalizan ciertas cuestiones de la vida, reduciéndolas a problemas. Problemas no médicos (por ejemplo las supuestas dificultades a adaptarse a normas) pasan a definirse como «problemas médicos», bajo la forma de «enfermedades» o de «desórdenes».

Esto no es sin consecuencias, tanto para el niño como para su familia. 

Es necesario estar atentos y alertas a estas cuestiones. 

Como adultos no podemos desconocer nuestras condiciones de vida actual y de crianza, inmersos en sociedades de consumo, expuestos a pantallas y al frenesí de querer todo fácil y ahora. Trabajemos entonces para superar la visión adultocéntrica que desconoce a las niñas, niños y adolescentes como sujetos, y los excluye de la participación y comunicación en la toma de decisiones sobre su salud. Prioricemos sus opiniones, respetemos la diversidad y la singularidad de cada uno, corriendo la mirada del «niño-problema» y reflexionando acerca de la situación en su red vincular, familiar, social e histórica.

Lic. Virginia Ruiz

Psicopedagoga especialista en Intervención y Estimulación Temprana

lic.virginiaruiz@gmail.com

@pamaternarte

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