Me pareció interesante utilizar la imagen del semáforo como metáfora del tiempo de fin de año y vacaciones. Ese tiempo en el que solemos hacer un balance sobre el año que terminó y lo que esperamos del año que comienza. En este tiempo, muchas actividades y obligaciones anuales disminuyen y contamos con más tiempo para detenernos a mirar, mirarnos y planificar. En general, pienso que los finales son invitaciones a evaluar los procesos, y fin de año no es la excepción. Por eso, te invito a tomar un tiempo para darle valor a parar antes de redefinir.
En ocasiones, parar implica enfrentarse a frustraciones, dolores o emociones que duelen y el activismo anestesia esas sensaciones. Pero esto, antes de ser sanador, sólo esconde aquello que no se quiere ver y que, tarde o temprano, se va a manifestar en la vida.
Por esto, es importante detenerse, mirar, analizar y retomar el camino con esperanza. Estamos acostumbrados a evaluar las tareas en función de logrado o no logrado. Nos olvidamos que, en la mayoría de los casos, lo más importante es el camino, el proceso. Claro que llegar a las metas propuestas es bueno y nos da placer, pero es necesario mirar con alegría lo que no fue, lo que terminó, lo que ya no, porque eso también es parte de la vida y, si es posible advertir los aprendizajes, será de riqueza personal.
En ocasiones será necesario replantearse metas o métodos, cambiar el rumbo o buscar nuevos compañeros de camino. El consumismo, el hedonismo y el exitismo nos hacen perder de vista el para qué y se quede en el logro y el éxito, conseguidos o no. Pero el verdadero disfrute no siempre está en el final sino en el camino recorrido. Está en los aprendizajes y las personas con las que se comparte y, por qué no, en el dolor y la frustración.
Victor Frankl dice que el hombre no busca tanto la felicidad sino el sentido de su vida, y cuando encuentra el sentido de la vida encuentra la felicidad, más allá de las circunstancias de la vida. Este sentido de la vida es como el mapa que, en el camino de la vida, va iluminando las metas. Es el para qué estoy en el mundo y la respuesta es “estoy en el mundo para dejarlo un poco mejor de lo que estaba cuando llegué y lograr la mejor versión de mi mismo”, en este pequeño espacio de mundo.
Parar, para mirar atrás el camino recorrido, lo logrado, lo encaminado y lo que no fue. En qué fui mejor y en qué debo seguir trabajando. Para ajustar el mapa y el recorrido.
Pensar, para reconocerme y decidir cómo quiero que sea mi año y el de mi familia, en qué y en quienes voy a ocupar el tiempo. ¿Voy a dejar que la sociedad de consumo me empuje a trabajar o producir más de la cuenta? Si mi vida sólo se trata de trabajar ¿puedo encontrar algo que llene mi espíritu?
Propongo, avanzo. Papel y lápiz en mano escribo las metas para este año. No tienen que ser muchas ni enormes, sino personales, realistas y alcanzables: empezar una dieta, hacer actividad física 2 veces por semana, aprender a tejer… Si son proyectos más grandes que impliquen una planificación mayor, habrá que pensar en qué tiempo lo voy a hacer, de cuanto capital debo disponer, qué ayuda voy a necesitar. Dejarlo por escrito ayuda a poder mirarlo cada cierto tiempo para ver como vamos.
Y que bueno poder hacer este recorrido con nuestros hijos, en la mesa familiar. Que cada uno cuente como fue su año, cuáles fueron sus metas y qué cosas piensan que pueden mejorar. Seguramente, de acuerdo a la edad, a los mas pequeños tendremos que ayudarlos. Por ejemplo: como fue tu año escolar, que aprendiste, que te gustaría hacer el próximo año, en que te gustaría que cambie. De esta manera vamos inculcando en ellos este hábito de proponerse metas, evaluarlas y mejorarlas con el transcurso del tiempo.
Luciana Mazzei
Orientadora Familiar
Orientadora Familiar.

