Hace más de diez años que escucho en mi consultorio la palabra “falla”. El cuerpo falla. La mente falla. La naturaleza falla. Yo fallo.
Cuando una persona o una pareja atraviesa dificultades reproductivas, la idea de la falla aparece con una fuerza particular. No suele presentarse como una pregunta médica o técnica, sino como una vivencia profunda, cargada de culpa, vergüenza y dolor. Pero vale la pena detenernos un momento y preguntarnos: ¿a qué se le “falla”?
Muchas veces, no se trata solo de un cuerpo que no responde cómo se espera, sino de una distancia dolorosa entre la experiencia real y las representaciones sociales y culturales que existen sobre la concepción de una familia.
En el caso de muchas mujeres, la falla se asocia a un mandato histórico: el cuerpo pensado casi exclusivamente para procrear. Cuando el embarazo no llega, aparece la idea de que “el cuerpo no cumple su función”. El deseo se confunde con la obligación, y la maternidad con una prueba de valor personal.
En el caso de muchos varones, la dificultad reproductiva suele poner en jaque una masculinidad hegemónica asociada a la potencia, la virilidad y la capacidad de “proveer”.
En parejas igualitarias, del mismo sexo o en proyectos familiares que se salen del modelo tradicional, la sensación de falla se vincula a no encajar en las formas “naturalmente” establecidas de constituir una familia. Como si el deseo de maternar o paternar necesitara justificarse una y otra vez.
“Mi cuerpo es el que está mal, falla”. “Yo soy el problema”. “No pude”.
Estas frases aparecen con frecuencia y condensan una vivencia de quiebre subjetivo. La dificultad reproductiva no impacta solo en el cuerpo: atraviesa la identidad, el vínculo de pareja, la sexualidad, los proyectos y la relación con el tiempo. El futuro, que antes parecía lineal, se vuelve incierto y muchas veces angustiante.
Desde lo psicológico, es importante comprender que la dificultad reproductiva no es un fracaso personal, aunque así se viva. No habla de incapacidad, debilidad ni de falta de deseo. Habla de límites, de cuerpos reales —no ideales— y de contextos que muchas veces exigen más de lo que pueden sostener.
Acompañar las dificultades reproductivas implica entonces desarmar la lógica de la falla. Correrse de la pregunta “¿qué hice mal?” para empezar a construir otras: ¿Qué me pasa con esto?¿Qué deseo realmente? ¿Qué necesito hoy para atravesar este proceso?
También implica habilitar el duelo. Duelo por el embarazo que no llegó, por el cuerpo imaginado, por los tiempos que no fueron, por las expectativas propias y ajenas. Validar ese dolor es una forma de cuidado, no de resignación.
Hablar de dificultades reproductivas es hablar de salud mental, de derechos, de diversidad familiar y de acompañamiento emocional. Es reconocer que no todos los caminos hacia una familia son iguales, ni lineales, ni rápidos. Y que ninguno debería vivirse en soledad.
Quizás la pregunta no sea qué falla, sino qué necesita ser mirado con más humanidad, menos exigencia y mayor compasión. Porque formar una familia no es una prueba que se aprueba o se desaprueba. Es un proceso profundamente humano, atravesado por deseos, límites y elecciones posibles.
Natalia Gogliormella

Psicóloga – Coach

Psicóloga especializada en Fertilidad
Coach emocional
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@lic.natalia.gogliormella

