Cuando las fiestas lastiman: diciembre cuando falta alguien

Diciembre llega igual. Con luces, con mesas que se arman, con ese ruido típico del «¿dónde pasás las fiestas?». Y mientras el mundo parece sincronizado con la idea de celebrar, hay una parte silenciosa —muy silenciosa— que mira el calendario y siente que algo se aprieta. Que no es igual. Que no puede ser igual.

Porque cuando hay una pérdida, las fiestas no solo duelen: raspan, tiran, desordenan todo lo que uno creía que estaba más o menos acomodado.

Y sí, pérdidas no son solo muertes. Vos lo dijiste:

Pérdida es cuando alguien se fue a otro país.

Cuando una relación terminó.También lo es cuando un trabajo se cayó de golpe, o cuando la salud de alguien que amamos se quebró justo este año.

O bien cuando una mascota que estuvo en cada Navidad ya no está.

Cuando algo que sostenía la vida ya no está disponible.

Las primeras fiestas sin eso —o sin esa persona— tienen una textura distinta. «Son más duras», decía la gente. Las primeras veces tienen un filo especial: el primer 24 sin esa voz, el primer 25 sin ese ritual, el primer brindis sin ese abrazo. Y aparecen esos detalles mínimos que duelen más que lo grande: el plato que falta, la silla vacía, el mensaje que ya no llega, el perfume que nadie va a traer.

«Poné un poco de onda»: el mito que más duele

Entre todo eso, aparece algo que pesa muchísimo: la presión social del «hay que estar bien porque son fiestas».

La gente lo dice con buena intención, pero lastima igual. «Dale, vení, no estés sola.», «Por los chicos.», «Tenés que poner voluntad.»

«Hay que festejar, aunque sea un poquito.»

Y vos contabas que muchos en la charla decían que lo que más duele no es la fecha en sí, sino que te juzguen por cómo atravesás la fecha. Si llorás, «arruinás el clima». Y si te reís, «parece que ya no te importa». Si decís que no querés juntarte, sos «antipática». Si vas y te quedás callada, sos «cortante».

Quedás atrapada en una paradoja imposible:

«No puedo estar como esperan que esté.»

Y ahí está una verdad enorme que repetiste:

El duelo no se acomoda al calendario. No porque sea 24 o 31 el dolor entiende que tiene que esperar en la puerta.

Nombrar lo que pasa: un acto de valor

En la charla decían que lo más humano es lo más simple: poder poner en palabras lo que uno necesita, aunque cueste, aunque tiemble.

Por ejemplo expresar: «Este año no quiero que sea en mi casa.», «No tengo energía para cocinar.», «No sé si voy a ir; capaz a último momento lo decido.»

«Voy un rato y después vuelvo a mi casa.» Decir eso no es falta de voluntad. Es honestidad emocional.

Es respetar el propio ritmo.

Y si estamos del otro lado, acompañando, lo más amoroso —lo dijiste así— es algo tan básico que a veces se nos olvida:

«¿Qué necesitas este año?» «¿Querés que esté, que te distraiga, que hablemos, que no hablemos?»

Acompañar en duelo es eso: estar disponible sin invadir, sin forzar, sin salvar. Solo estar.

La montaña rusa emocional: no estás fallando, estás sintiendo

La gente en la charla contaba algo muy real: que el duelo se mueve como un oleaje. Un día estás tranquila y al día siguiente te quiebra un olor, una foto, un brindis, un comentario. No es lineal. Tampoco es lógico. y mucho menos es ordenado.

A veces aparece culpa («¿cómo voy a reírme hoy?»).

Además, a veces la bronca («¿por qué a mí justo ahora?»).

A veces una tristeza que cae sin aviso.

O una hiperactividad rara, como un impulso de hacer, hacer, hacer para no sentir tanto.

Y todas esas formas son mecanismos de sostén. Son maneras del cuerpo y del alma de decir: «estoy tratando de atravesar esto como puedo».

Los rituales nuevos: permitirnos un gesto distinto

Cuando lo de siempre duele, aparece la posibilidad de inventar algo nuevo, un rito mínimo, íntimo, personal.

Una vela encendida antes de la cena, una carta escrita y guardada. un brindis silencioso, un plato simbólico, una pausa o no hacer nada. Porque no hacer nada también puede ser un ritual.

La pregunta no es «¿qué corresponde hacer?»

La pregunta es: «¿qué me calma hoy

El primer año: un territorio sin mapa

Ya mencionamos que el primer año es el más duro.

Las primeras fiestas, el primer cumpleaños, el primer aniversario… todo tiene un golpe especial. Pero con el tiempo, no porque se olvide, sino porque el dolor cambia de forma, algo empieza a acomodarse.

Se estima que un duelo sano tarda alrededor de dos años. No porque a los dos años se termine, sino porque se vuelve más vivible. Y cuando no cambia nada con el tiempo —cuando no hay movimiento interno, cuando todo queda congelado— ahí es donde pedir ayuda es un acto médico, emocional y profundamente humano.

No por debilidad. Por amor propio.

Un recordatorio para este diciembre: Si este año te duele, si no tenés ganas, si no podés, si te pesa…No estás fallando. Y no estás quedando atrás. No estás siendo menos fuerte. Estás atravesando una pérdida, en un momento del año que exagera todo: lo lindo y lo triste. Podés llorar en la mesa. También podés reír sin culpa.

Podés cambiar de plan. Y podés pedir que te hablen, o pedir silencio. Podés hacer lo que te permita respirar un poco mejor. Porque diciembre no pide perfección.

Pide humanidad.

Y si este diciembre duele, que duela acompañado, que duela nombrado, que duela con permiso.

Porque lo que se nombra pesa menos. Porque lo que se comparte duele menos.

Y porque incluso en el dolor, hay algo que se enciende: la posibilidad de ser auténticos en un mundo que insiste en que todo tiene que ser fiesta.

Marisa Pérez Labat

Psicóloga – Neurodecodificación laboral
Biodecodificación
Terapia de regresión – Talleres grupales 

Marisa Pérez Labat

Psicóloga - Neurodecodificación laboral -Biodecodificación Terapia de regresión Talleres vivenciales grupales Sesiones individuales Ig: @marisaperezlabat

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