Cuando el silencio también habla

Muchas veces creemos que callar es una forma de cuidar, de no incomodar, no generar conflictos, o no herir.
Pero con el tiempo, ese silencio, eso que callamos no se va, se queda, empieza a pesar, y desde allí empieza a manifestarse de otras maneras.

Pasa en las empresas, pasa en las relaciones, pasa en las familias. En el ambiente se siente que algo no está bien, se percibe en el cuerpo, en el ánimo… y, sin embargo, nadie lo dice.

Se puede ver como, en el trabajo, aparece como miedo al futuro, cansancio, desmotivación, roces constantes o sensación de estar siempre apagando incendios. Y En la vida personal, se traduce en distancia, malestares físicos, irritabilidad, discusiones que estallan sin aviso o vínculos que se enfrían sin explicación.

El escenario cambia, pero el mecanismo es el mismo.

Cuando callamos no nos damos cuenta o subestimamos el costo emocional que tiene. Callar no es neutro.

La mayoría de las personas no callamos por indiferencia, sino por miedo: miedo a decir algo mal, a generar una reacción que no se pueda controlar, a romper un equilibrio frágil. Entonces elegimos el silencio como estrategia.

Pero ese silencio no ordena…. sólo posterga.

Lo que no se dice se acumula -como gotas sucesivas en un vaso- que, cuando finalmente aparece, suele hacerlo con más fuerza, menos claridad y más dolor.

Hablar no significa atacar, o discutir ni imponer una verdad.
Significa animarse a poner en palabras lo que se siente antes de que el malestar encuentre otro canal.

Decir “ésto me incomoda”, “ésto me duele”, “ésto no está funcionando para mí” no es un acto de agresión. Es un acto de honestidad.

En las organizaciones, cuando no hay espacios para decir, el clima se deteriora. En las familias y las parejas, cuando no se habla, la distancia crece. Ambos casos, el problema no es lo que pasa, sino que nadie lo nombra.

Por eso hablar a tiempo si bien no resuelve todo o algo, alivia, ordena, devuelve presencia.

Desde una mirada de bienestar, la salud no es solo física. También es emocional y relacional. Tiene que ver con la posibilidad de expresar lo que sentimos y de ser escuchados sin miedo.

Las relaciones más sanas no son las que nunca se tensan, sino las que pueden atravesar esas tensiones con palabras en lugar de silencios.

Tal vez el verdadero problema —en el trabajo, en los vínculos, en la familia— no sea lo que ocurre, sino todo lo que queda guardado.

Reflexionar sobre el silencio en el trabajo, en los vínculos y en la familia, y cómo animarse a decir con respeto y claridad lo que realmente está pasando, puede ser el primer paso hacia una vida más consciente.

Me pregunto y los invito a reflexionar: ¿Qué conversación estoy postergando hoy que podría cambiar mi bienestar si me animara a decirla?

Eduardo Rogatti

Creador de CEA – Consciencia Empresarial Aplicada

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