No siempre es evidente. No siempre tiene palabras. Pero cuando ocurre, deja huellas. A veces, no empieza con algo que parezca “grave”. Empieza con un secreto. Con alguien que dice “esto es entre nosotros”. Con una situación que un niño, niña o adolescente no logra comprender del todo, pero que le genera incomodidad, confusión o miedo.
El abuso sexual infantil ocurre cuando un niño es involucrado en situaciones sexuales para las cuales no tiene la madurez psíquica ni la posibilidad real de dar consentimiento.
Porque hay algo fundamental: su mundo emocional, su identidad y su forma de entender los vínculos todavía están en construcción. Cuando aparece una escena de sexualidad adulta, irrumpe como algo que no puede ser procesado.
Y eso puede generar: angustia, miedo, confusión, culpa.
Muchas veces, esa experiencia queda marcada como trauma.
La responsabilidad nunca es de la víctima.
Para que exista consentimiento tiene que haber comprensión, libertad y una relación de igualdad.
Nada de eso está presente entre un niño y un adulto.
Por eso, incluso cuando no hay violencia física, sigue siendo abuso.
Muchas veces ocurre en vínculos cercanos, donde hay confianza, afecto o dependencia. Y eso genera una experiencia profundamente ambivalente.
Un niño puede sentir al mismo tiempo: afecto, miedo, culpa, vergüenza. Esa mezcla de emociones suele ser una de las razones por las que resulta tan difícil hablar.
Una de las huellas más profundas del abuso es la culpa.
Aparecen pensamientos como: “yo hice algo mal”, “podría haberlo evitado”, “fue por mi culpa”. Pero es importante decirlo con claridad: nada de lo ocurrido es
responsabilidad del niño o la niña.
Tampoco siempre es fácil identificar lo vivido como abuso.
El psiquismo infantil aún se está formando, y no cuenta con las herramientas para comprender una experiencia de este tipo.
Muchas veces, lo que queda no es un recuerdo ordenado, sino sensaciones, fragmentos, silencios. Por eso también cuesta tanto ponerlo en palabras.
Porque puede haber: vergüenza, miedo, confusión, dificultad para recordar de forma lineal. Y porque hablar implica, en algún punto, volver a entrar en contacto con lo
vivido.
Una adolescente evita quedarse sola con un familiar. No puede explicar bien por qué. Dice que “le incomoda”. Cada vez que alguien insiste en que lo salude con un
beso, su cuerpo se tensa. No hay un relato claro. Pero algo en su cuerpo sí recuerda.
Todavía circulan muchos mitos que dificultan comprender el abuso: que solo ocurre con desconocidos. O que si no hubo violencia, no es abuso. Que si no dijo “no”,
entonces quiso. Estas ideas no solo son incorrectas. También generan más culpa, más silencio y más soledad.
Cuando alguien se anima a contar lo que vivió, la respuesta que recibe puede marcar una diferencia enorme.
Escuchar sin juzgar. Creer. Acompañar sin presionar.
A veces, lo más importante es algo simple: “Te creo”, “No fue tu culpa”, “Gracias por confiar en mí”. La recuperación no significa olvidar ni “superarlo rápido”.
Implica, poco a poco: recuperar la sensación de control, reconstruir la autoestima, volver a confiar en vínculos seguros, integrar lo vivido sin que defina toda la vida. Es un proceso que lleva tiempo, y no es lineal. Pero es posible. A veces, lo más importante no es tener todas las respuestas. Es estar disponibles para escuchar. Porque cuando alguien logra decirlo, ya no debería volver a estar solo.
Para seguir pensando…
A veces, acercarse a estas temáticas a través de historias puede ayudar a comprender lo que no siempre es fácil de nombrar.
La miniserie Unbelievable es especialmente valiosa porque muestra con claridad el impacto que tiene no ser creído/a, y cómo eso puede profundizar el daño.
En una línea más centrada en la infancia, la película Inconcebible aborda cómo estas experiencias dejan huellas en la memoria, el cuerpo y la identidad.
No reemplazan la realidad, pero pueden ayudarnos a mirar, escuchar y comprender mejor.

Psicóloga
Pericias, Cámara Gesell, credibilidad
Asesoría a estudios jurídicos
Coordinadora parental y parejas
@andreamaccione.psico

