La licenciada en Ciencias de la Educación y counselor Cristina Villalba reflexionó sobre la hiperproductividad y el miedo al vacío. También sobre la dificultad para descansar y la necesidad de recuperar espacios de pausa en una sociedad que parece exigir rendimiento permanente, que pide producir constantemente.
Vivimos en una época donde hacer parece más importante que ser. Trabajar, estudiar, cumplir objetivos, responder mensajes, resolver problemas y mantenerse ocupado se ha convertido casi en una obligación permanente. Pero ¿qué sucede cuando aparece una pausa? ¿Quiénes somos cuando dejamos de producir?
Cuando creemos que valemos por lo que hacemos
Para Villalba, una de las características de nuestra época es la tendencia a definirnos por aquello que hacemos.
«Creemos que somos nuestro trabajo, nuestro cargo, nuestra profesión o el lugar que ocupamos. Sentimos que valemos por lo que producimos», explicó.
Sin embargo, cuando por distintos motivos esa actividad se interrumpe, muchas personas atraviesan una profunda crisis de identidad. Puede ocurrir al jubilarse, al perder un empleo, al finalizar una carrera universitaria o simplemente durante períodos de transición donde el futuro parece incierto.
En esos momentos aparece una pregunta que no siempre resulta sencilla de responder: si ya no soy eso que hago todos los días, entonces ¿quién soy?
El miedo a la pausa
«No sabemos hacer pausa, no sabemos descansar y nos cuesta muchísimo el ocio», afirmó.
La productividad constante se ha transformado en un valor en sí mismo. Incluso cuando dejamos de producir en términos concretos, seguimos produciendo pensamientos, preocupaciones y anticipaciones sobre el futuro.
En lugar de utilizar esos espacios para reflexionar, conectar con nosotros mismos o replantear objetivos, muchas veces los llenamos de ansiedad.
La preocupación permanente termina ocupando el lugar de la acción consciente y dificulta la posibilidad de observar con claridad qué queremos hacer o hacia dónde queremos dirigirnos.
Jóvenes, adultos y jubilados: una misma pregunta
Aunque suele asociarse a determinadas etapas de la vida, Villalba sostiene que este conflicto atraviesa a personas de todas las edades.
Los jóvenes que terminan una carrera universitaria muchas veces experimentan incertidumbre respecto de su futuro profesional. Se comparan con otros compañeros, sienten presión por insertarse rápidamente en el mercado laboral y cuestionan su propio valor cuando las oportunidades no llegan de inmediato.
Los adultos viven situaciones similares cuando atraviesan cambios laborales, pérdidas de empleo o momentos de redefinición personal.
Y quienes llegan a la jubilación suelen encontrarse frente a una pregunta aún más profunda: ¿qué lugar ocupo ahora que ya no desempeño el rol que me acompañó durante tantos años?
La hiperproductividad como forma de anestesia
Durante la charla surgió una idea que atraviesa gran parte de las problemáticas actuales: la hiperproductividad puede funcionar como una forma de evitar el contacto con determinadas emociones.
Mantenerse permanentemente ocupado impide muchas veces conectar con el vacío, la incertidumbre o los cuestionamientos internos.
«Cuando no estoy haciendo, aparecen preguntas que quizás no quiero escuchar», planteó Villalba.
Por eso, detenerse no siempre resulta agradable. La pausa obliga a encontrarse con uno mismo, con aquello que se postergó, con los deseos que quedaron pendientes o con la necesidad de redefinir prioridades.
El vacío también puede ser creativo
Uno de los conceptos más interesantes de la entrevista fue la resignificación del vacío.
Habitualmente se lo vive como algo negativo, incómodo o amenazante. Sin embargo, Villalba propone pensar esos momentos desde otra perspectiva.
«El vacío puede ser un espacio creativo», sostuvo.
Cuando dejamos de llenarnos de estímulos constantes, cuando reducimos el ruido externo y permitimos que aparezca el silencio, comienzan a surgir nuevas ideas, deseos y posibilidades.
El aburrimiento: una experiencia en peligro de extinción
La conversación también abordó otro fenómeno cada vez más frecuente: la dificultad para tolerar el aburrimiento.
Tanto niños como adultos parecen necesitar estimulación constante. Frente al menor indicio de vacío, aparece la necesidad de llenarlo con pantallas, redes sociales, contenidos o actividades.
«Antes nos aburríamos y creábamos. Hoy nos aburrimos y buscamos algo que tape ese aburrimiento», reflexionó.
La especialista considera que recuperar la capacidad de aburrirse puede ser una herramienta valiosa para el desarrollo de la creatividad, la reflexión y el autoconocimiento.

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