Tristeza en San Cristóbal

Cuando la realidad supera la ficción

El año pasado la serie Adolescencia nos sacudió profundamente a padres, docentes y profesionales de la familia y la salud mental. Un niño/adolescente de 13 años mataba a su compañera de curso.

Entre colegas nos dimos a la tarea de analizar la serie y la actuación de cada uno de los implicados. La pregunta es ¿Quiénes son los implicados? ¿El victimario y la víctima? ¿La institución escolar? ¿Las familias? ¿El grupo de amigos? ¿La sociedad?

La respuesta es todos. Cada uno por acción u omisión fue responsable del desenlace fatal que llevó a una chica a la muerte y a un chico a la cárcel. Hoy el país, con lo acontecido en San Cristóbal se hace las mismas preguntas.

La adolescencia es una etapa marcada por importantes cambios físicos, psíquicos y sociales. El niño tiene que hacer el duelo de su ser niño para convertirse en adulto. Reencontrarse con su nueva corporeidad, con nuevas sensaciones y emociones, sale del hogar familiar para conocer y caminar el mundo, la sociedad. Para lograrlo, necesita guía por parte de los padres y adultos cercanos y un lugar social donde sentir que pertenece, los amigos.

Otra vez los adultos llegamos tarde.

Llegamos tarde porque no pudimos ver, en este y otros casos similares, que algo no andaba bien con este joven.

Si estamos atentos, son varios los indicadores de situaciones difíciles que puede estar atravesando el joven: cambios de humor persistentes, en sus rutinas de sueño, en su alimentación, académico, abandono de actividades recreativas, entre otros. Esta mirada atenta nos lleva a buscar el diálogo y en caso de necesidad, la ayuda profesional adecuada.

Es fundamental un diálogo fluido y asertivo entre la familia y la escuela. La sinergia entre ambas instituciones facilita la detección precoz de los síntomas y el consecuente abordaje. De nada sirve pensar que “la escuela lo tiene de punto” o “estos padres son muy molestos”. Lo que está en juego es la salud mental y física de un joven que necesita de la guía del adulto.

Lo que no se dice se actúa

Como seres sociales necesitamos comunicarnos. El lenguaje permite expresarnos y construir vínculos. Cuando no hay espacio para el diálogo el interior se expresa en miradas, gestos, acciones, que muchas veces lastiman por inadecuadas.

Las emociones necesitan ser expresadas, especialmente en la adolescencia donde se mezclan la sorpresa por los cambios, el dolor por un desamor, la ansiedad por agradar al grupo, las ganas de divertirse, el miedo al qué dirán

Cuando las emociones se desbordan y no hay un espacio de diálogo donde canalizarlas saludablemente, se llevan al acto o se adormecen con sustancias o alcohol. El desborde emocional lastima y hay que sacarlo, aparecen los golpes, las autolesiones, desórdenes alimenticios, daños a bienes propios y de terceros, intentos de suicidio o lastimar a otros.

Llegados a este punto, ya no se trata de detectar y prevenir sino de actuar con urgencia para intervenir y evitar mayores riesgos para la persona y quienes los rodean. Pero, sobre todo, valorar su vida y validar su dolor, procurando espacios de escucha atenta y amorosa.

Adultos, volvamos la mirada a los niños y jóvenes. No son el futuro de la sociedad, son el presente y nuestra responsabilidad.

Luciana Mazzei

Orientadora Familiar IG: @lucianamazzei.orient.familiar

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