En el día a día del Derecho de Familia veo algo que se repite más de lo que debería: situaciones de violencia que no siempre se reconocen como tales. Llegan al estudio consulta y relatos que empiezan con un “no es para tanto”, “siempre fue así” o “es su forma de ser”, pero que, al profundizar, dejan ver dinámicas que desgastan, limitan y, muchas veces, dañan profundamente. No solo a quien consulta sino también respecto de hijos.
La violencia no siempre aparece de forma evidente. No siempre hay gritos ni golpes. Muchas veces se instala de manera silenciosa, progresiva, casi imperceptible, invisible. Se expresa en el control económico, en la desvalorización constante, en la manipulación emocional, en el incumplimiento sostenido de responsabilidades parentales, o en la sobrecarga de uno de los progenitores. Y lo más complejo es que, en muchos casos, quien lo vive ni siquiera logra identificarlo como violencia.
Ahí es donde aparece uno de los mayores problemas: la minimización. Cuando el entorno —familiar, social e incluso institucional— le resta importancia a estas situaciones, se refuerza la idea de que hay que aguantar un poco más, ceder un poco más, adaptarse un poco más. Y así, lo que duele se vuelve “normal”., dando lugar a la naturalización.
La pregunta es ¿hasta dónde?
Es en ese punto donde el Derecho empieza a cumplir un rol clave. No solo para resolver conflictos, sino para ponerle nombre a situaciones que durante mucho tiempo se hicieron pasar por normales. Para marcar límites claros. Para decir, también desde lo jurídico, que hay conductas que no son aceptables.
En la práctica, esto se traduce en decisiones concretas: fijación de cuotas alimentarias acordes a la realidad económica, distribución más equitativa de las responsabilidades, medidas de protección, y —algo fundamental— el reconocimiento de las desigualdades que muchas veces atraviesan estos vínculos., como por ejemple reclamo de compensación económica.
Poner límites desde lo jurídico no es exagerar ni “judicializar de más”. Es, muchas veces, la primera vez que alguien dice “esto no está bien”. Y eso, aunque parezca simple, puede cambiarlo todo. Porque cuando hay un límite claro, también aparece la posibilidad de reordenar, de proteger y de reparar.
El desafío, sin embargo, no es solo jurídico. También es cultural. Implica dejar de minimizar, de justificar, de mirar hacia otro lado. Escuchar con más atención, validar lo que le pasa al otro y entender que muchas veces lo que parece menor es, en realidad, parte de algo mucho más profundo.
Porque cuando la violencia se minimiza, crece. Pero cuando se la nombra, se la reconoce y se le ponen límites, algo empieza a cambiar.
Buscar asesoramiento no es un paso menor, es muchas veces el primer acto de cuidado. Contar con acompañamiento legal permite ordenar situación, conocer los derechos y avanzar con herramientas concretas . nadie debería atravesar estas situaciones en soledad.

Morón, Buenos Aires

