Parar para escucharse en tiempos de cambios

La importancia de detenerse. La palabra que queda resonando es escucharse, escucha, algo que también se relaciona con los silencios, pero visto desde un proceso interno.

Hay momentos de la vida atravesados por cambios y, justamente en esos momentos, se vuelve más difícil hacer pausas creativas, pausas que nutran y que permitan escucharnos. El cambio inquieta, incluso cuando es un cambio bueno. Cuando uno está más tranquilo o más instalado, resulta más fácil ponerse pausas y tiempos para escucharse.

Cambios y transiciones

El cambio es algo que se provoca desde afuera, no es interno. La pandemia, una situación económica o una guerra son situaciones que sorprenden y a las que hay que adaptarse. Lo que cada uno haga con eso ya pertenece a un proceso psicológico: ahí aparecen las transiciones.

La transición puede pensarse como un puente colgante entre dos montañas. Se deja un lugar conocido para ir hacia otro que entusiasma, pero el recorrido genera vértigo. Los cambios y las transiciones están atravesados por dos emociones fuertes: el entusiasmo y el miedo. Miedo porque no sabemos cómo será el proceso, cuánto durará, cómo nos vamos a sentir o si aquello que esperamos cumplirá nuestras expectativas.

La pausa en medio de la vorágine

La idea de parar suena simple, pero la mayoría vive a las corridas, dentro de la vorágine cotidiana, con pocas pausas reales para pensarse, sentirse o simplemente no hacer nada. La lógica de la productividad empuja a hacer constantemente, incluso en los momentos que podrían ser de descanso.

En los procesos de cambio, la transición es interna: tiene que ver con qué hace cada uno con lo que ocurre. Puede tratarse de situaciones externas que no se eligen o decisiones propias. A veces un trabajo termina sin haberlo deseado; otras veces se renuncia porque ya no se puede más, aun sin saber todavía hacia dónde ir. En esos casos, una mini pausa permite hacerse preguntas antes de avanzar automáticamente.

Preguntas necesarias

Preguntas simples, pero profundas: ¿sostenés a otros, pero no a vos mismo? ¿De la misma manera te sostenés? Muchas personas sostienen a los demás emocional, social o moralmente, pero no queda resto para sí mismas. Hacerse esa pregunta permite evitar llegar al límite.

Detrás de estas dificultades también aparecen creencias familiares y mandatos aprendidos: no perder el tiempo, ser productivo, esforzarse siempre. Pensar qué aprendimos, qué vimos en nuestras familias y qué frases quedaron instaladas ayuda a comprender por qué cuesta tanto detenerse.

Pequeñas pausas que nutren

La propuesta no son grandes cambios, sino pequeñas pausas diarias. Pausas posibles dentro de lo cotidiano: algo que guste, que relaje, que calme.

Registrar qué situaciones o personas drenan energía y cuáles la transmiten permite poner límites y acercarse a aquello que nutre. Otra pregunta aparece entonces: ¿qué me gusta?, ¿qué disfruto? Caminar, cocinar, jugar, aprender algo nuevo, conectarse con un hobby o con espacios que generen bienestar también forma parte de estas pausas.

Coherencia y equilibrio

Salir del piloto automático no es fácil y tiene un costo. Por eso también es importante no juzgarse. Buscar coherencia entre lo que se cree, lo que se hace y quién se es ayuda a encontrar equilibrio.

Reconocer valores innegociables y preguntarse si las acciones cotidianas están alineadas con ellos abre un espacio de honestidad con uno mismo. A veces surge otra pregunta más existencial: ¿quién estoy siendo y no me gusta ser? No se trata de grandes transformaciones inmediatas, sino de pequeños movimientos que permitan empezar a correrse de aquello que ya no representa.

El proceso del cambio

En los procesos de transición también aparece el «todavía no». Todavía no es el momento de una conversación, todavía no está claro el camino, pero se está en búsqueda. Ese «todavía» calma porque implica proceso.

La etapa más difícil de los cambios suele ser el medio, cuando algo ya empezó a moverse y todavía no hay certezas. Allí también son necesarias las pausas y los tiempos. Porque para empezar algo nuevo, algo tuvo que terminar. Todo inicio implica un cierre y, muchas veces, un duelo que necesita ser atravesado.

Mirarse antes

Realmente hay que hacerse estas pausas. Más que una obligación, son una necesidad. Pero antes hace falta un previo: mirarse, escucharse, ser. Vivimos en piloto automático y dejar de estarlo implica empezar a mirarse, porque si no lo hacemos muchas veces el cuerpo termina deteniéndonos.

La invitación es mirar antes: preguntarse cómo estoy, quién estoy siendo, empezar a buscarle la vuelta, escribir una palabra y desglosarla para ver qué sucede ahí. Una pausa como forma de cuidado, de registro y de presencia.

Marisa Pérez Labat

Psicóloga - Neurodecodificación laboral -Biodecodificación Terapia de regresión Talleres vivenciales grupales Sesiones individuales Ig: @marisaperezlabat

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *