En el medio del mar, todo se aquieta: una reflexión sobre la pausa

Escribo esta nota desde un lugar poco habitual. Estoy en un barco, navegando por el mar Adriático, en medio de unas vacaciones en familia que venimos soñando hace tiempo. El viento sopla suave, el sol calienta sin agobiar y el mar, inmenso y sereno, me devuelve una imagen que me conmueve: mi familia disfrutando del presente, sin pantallas, sin interrupciones, sin correr detrás de nada.

En esta quietud (que no es inacción, sino otra forma de moverse) descubrí algo que quiero compartir: qué importante es parar. Hacer una pausa real. No una pausa de esas en las que uno “aprovecha” para ponerse al día con pendientes, sino una pausa que invite a escuchar(se), a observar, a reconectar con lo esencial.

En mi vida profesional, y especialmente en el acompañamiento de niños, adolescentes y familias, hablo mucho del ritmo. De cómo el exceso de estímulos, la falta de tiempo y el estrés cotidiano impactan en el aprendizaje, en el vínculo, en la salud emocional. Pero a veces )y con honestidad lo digo) me cuesta aplicarlo a mí. Entre agendas apretadas, proyectos, evaluaciones, familia, lo urgente se impone y lo importante, muchas veces, queda postergado.

Por eso estas vacaciones tienen un sabor especial. No sólo por el paisaje, que es verdaderamente hermoso, sino por lo que me están enseñando. Y es que descansar no es perder el tiempo. Al contrario, es recuperarlo. Porque en el descanso el cuerpo se regula, la mente se aclara y el alma (sí, el alma) encuentra espacio para desplegarse.

La ciencia lo respalda: diversos estudios neurocientíficos muestran que durante los momentos de pausa el cerebro activa lo que se conoce como la “red neuronal por defecto”, una red que se pone en funcionamiento cuando no estamos focalizados en una tarea específica.

Esta red está relacionada con la introspección, el procesamiento emocional, la creatividad y la planificación futura. Es decir, cuando bajamos el ritmo, estamos (paradójicamente) en uno de los estados más fértiles del pensamiento.

Además, descansar favorece funciones cognitivas claves como la atención sostenida, la memoria de trabajo y la regulación emocional. A nivel físico, se disminuyen los niveles de cortisol (la hormona del estrés), mejora la calidad del sueño y se fortalecen procesos inmunológicos. A nivel vincular, se abren otras posibilidades: escuchamos distinto, miramos más profundo, compartimos sin la mediación de lo urgente.

Pero más allá de los datos, lo que vengo sintiendo en estos días tiene que ver con algo más sutil. En el mar, todo se aquieta. No hay notificaciones, no hay relojes marcando horarios, no hay que llegar a ningún lado. En ese vacío (aparente) empiezan a aparecer cosas: ideas, emociones, deseos, recuerdos. Y aparece también la ternura por lo cotidiano. Ver dormir a mi hijo después de un día de sol, ver a mi pareja riendo despreocupado, escuchar nuestras voces en sintonía… momentos simples que, en el ritmo diario, muchas veces pasan de largo.

Pienso en cómo la pausa también educa. Educa la mirada, la escucha, el respeto por los propios tiempos y los de los otros. Vivimos en un mundo que muchas veces nos exige estar siempre disponibles, siempre actualizados, siempre “rindiendo”. Como si el valor de una persona pudiera medirse por la cantidad de cosas que hace. Y no. Valemos por quiénes somos, incluso cuando no estamos haciendo nada productivo. A veces, sobre todo ahí.

¿Y si empezáramos a darle al descanso el lugar que merece?

No como un premio al final de un esfuerzo, sino como parte esencial de la vida misma. Porque no se trata sólo de trabajar para luego descansar, sino de vivir con pausas que nos devuelvan equilibrio.

No todos podemos tomarnos un barco y alejarnos del mundo. Lo sé. Pero cada uno puede encontrar su modo de detenerse: una tarde sin agenda, una caminata sin celular, una charla sin interrupciones, un rato para estar en silencio. La pausa no siempre es geográfica. A veces es una decisión interna.

Hoy, desde este mar azul que me abraza y me inspira, siento gratitud. Por el tiempo compartido, por lo aprendido, por lo que vendrá. Y también siento ganas de invitarte, lector o lectora, a que te preguntes: ¿cuándo fue la última vez que te diste permiso para frenar? ¿Qué pasaría si lo hicieras?

Porque en la pausa, muchas veces, aparece lo más valioso: lo auténtico, lo profundo, lo que merece quedarse.

Por: Josefina Pelayo

Lic. en Psicopedagogía – Especialista en Neuropsicología del Aprendizaje

Josefina Pelayo

Licenciada en Psicopedagogía. Directora de CENEA Josefinapelayo_psicopedagoga

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