“Tiempo de jugar que es el mejor”, decía María Elena Walsh. Una frase tan cierta, tan real y emocionante. No hay dudas de que el tiempo de juego, es el mejor.
Winnicott, pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés, definía al juego como una serie de actividades voluntarias que divierten y se ejecutan sin razón u objetivo alguno distinto al de distraerse y pasar un rato agradable. Jugar es vital para el desarrollo físico y emocional de los niños. Beneficia el placer y la diversión, pero también ayuda a construir el pensamiento, la simbolización, la resolución de problemas, la autonomía y la socialización. El juego es, sin lugar a dudas, una de las experiencias más significativas y enriquecedoras de la infancia.
Como mencioné en una nota anterior (al hablar sobre aburrimiento), no es necesario contar con grandes juguetes de juguetería para poder jugar. Los niños tienen la capacidad de convertir cualquier objeto en juguete y, a partir de ello, dejar volar su imaginación y creatividad.
Es fundamental hablar de la interacción entre los niños y las figuras adultas durante el juego. Jugar junto a un adulto no sólo enriquece la experiencia del niño, sino que también fortalece el lazo afectivo y permite a los adultos acompañar de manera más cercana las emociones, inquietudes y necesidades del niño. De esta manera se favorece un clima de confianza y seguridad.
Me parece interesante traer el concepto “floor time”, de Stanley Greenspan. “Floor time” sería un tiempo de “cola en el piso” con nuestros niños, un rato de total disponibilidad de parte de los padres para con los chicos. No necesariamente es estar en el piso, pero es estar completamente disponibles: sin celular, sin agenda, comprometidos con el encuentro. Al principio pueden ser unos 5 o 10 minutos, que se pueden ir extendiendo con el tiempo. ¡Los invito a animarse y disfrutar!
En el ámbito escolar también es fundamental integrar el juego en las actividades pedagógicas. Las aulas que incorporan el juego como estrategia didáctica favorecen un ambiente de aprendizaje activo y participativo. Se suele asociar el juego en el aula a un “tiempo perdido” o a “mera diversión” pero los estudios demuestran lo contrario.
El juego en la escuela no es sólo un recurso para «descansar» o «divertir», sino una herramienta pedagógica que potencia el desarrollo de habilidades cognitivas, socioemocionales y motoras. La posibilidad de aprender a través del juego estimula la curiosidad, fomenta el pensamiento crítico y el trabajo en equipo. Es fundamental para los procesos de aprendizaje significativos.
Más sobre: El juego en la infancia.
En los tratamientos psicopedagógicos o en otros espacios terapéuticos, también debería estar presente el juego como medio o herramienta. Jugar ofrece valiosos indicios sobre las emociones y necesidades, y facilita un espacio para trabajar con los desafíos de manera amena y entretenida.
En definitiva, jugar es mucho más que un pasatiempo; es la herramienta de la infancia por excelencia. Los adultos, tanto en el ámbito familiar como educativo, tenemos la responsabilidad de promover espacios y momentos de juego, para acompañar a los niños en su crecimiento y desarrollo integral. El juego es el lugar donde el niño puede ser y transformarse, donde puede hacer experiencias vitales que de otra manera no serían posibles.
Derechos de autor: Lic. Micaela Colombo

Lic. en Psicopedagogía M.P. 230444 – Docente de Nivel Primario
Fuente imagen: https://maipi603.blogspot.com/
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