Poner en juego. El juego para construir subjetividades.

La infancia —definida como el período que va desde el nacimiento hasta la adolescencia—, y entendida por UNICEF como toda persona menor de dieciocho años, pide a gritos ser visibilizada, escuchada y atendida, pero, prioritariamente, subjetivada. Por ello, lo haremos abordando el juego.

“…Viene a jugar conmigo, a conversar también. Se define como M “AZUL”; comienza el encuentro con ese juego.

—Azul como la ropita de ese bebé. —No.

—Como el cielo. —No.

—Como el cuaderno. —No.

Termina el encuentro…

—M, ¿por qué M AZUL?

—Porque mi hermana es M ROJAS…”

(Fragmento de una sesión psicopedagógica)

Quienes trabajamos en salud mental recorremos un largo camino clínico y teórico para conceptualizar e intervenir desde nuestros espacios, acompañando la transformación de ese “cachorro humano” en un sujeto hablante, deseante, gradualmente autónomo, único y singular: un otro que crece entre otros.

¿Por qué abordar el juego desde el consultorio psicopedagógico?

Porque durante mucho tiempo —e incluso aún hoy— la disciplina se asocia exclusivamente al ámbito educativo y se reduce a la medición del coeficiente intelectual, al diagnóstico temprano o al trabajo con la discapacidad.

Sin embargo, la psicopedagogía va más allá: no trabaja con pacientes en un rol pasivo, sino con personas que aprenden. Promueve el acceso a derechos, orienta, escucha y, fundamentalmente, juega. Se trata de una práctica que busca correrse de la lógica de la “inclusión” entendida como un adentro y un afuera, para pensar en términos de convivencia. Porque, ¿quién define quiénes están dentro y quiénes deben ser “incluidos”?

En este punto, la experiencia relatada por Elizabeth Aimar en Los incómodos resulta elocuente: al intentar inscribir a su hijo en una actividad recreativa, se encuentra con circuitos segregados que, bajo el discurso de la adaptación, terminan excluyendo. La escena no habla de integración, sino de barreras que persisten en lo cotidiano, incluso en espacios de juego y encuentro. Lejos de ser una excepción, evidencia una lógica que tensiona nuestras prácticas y discursos.

Hablar de subjetividad y de salud mental es una tarea colectiva. Dar lugar a estas voces implica construir, como sociedad, modos más humanos de acompañar las infancias. No es posible construir salud mental con barreras, ni subjetividades si no desarrollamos ese “ojo clínico” que permita ver las potencialidades en el otro.

El diagnóstico es, en todo caso, un puente entre la teoría y la singularidad de cada historia; no debería convertirse en un rótulo que limite. Se trata de sostener prácticas responsables, con formación y supervisión constante, pero, sobre todo, prácticas más humanas, respetuosas y amorosas, especialmente cuando trabajamos con infancias: territorios donde se cultiva la subjetividad.

Diferenciar —con ese mismo “ojo clínico”— el ser del tener implica no quedar atrapados en la ilusión de “ser lo que se dice que se tiene”. Abrir otras posibilidades para las infancias en la construcción de sus subjetividades es un desafío que nos convoca.

Que este sea también un aporte para pensar y construir una sociedad más justa y menos violenta.

Rosario Mastrángelo

Licenciada en psicopedagogía. MP:198.719 Prevención, evaluación y tratamiento de problemas de aprendizajes. Orientación a padres. Evaluación neurocognitiva.

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