Vivimos en una época en la que compartir parece haberse convertido en una forma de querer. Publicamos los primeros pasos, las palabras nuevas, los cumpleaños y las escenas cotidianas. Hacemos de la vida un relato público y, muchas veces, también de las infancias.
Pero ¿alguna vez nos detenemos a pensar qué significa exponer la imagen de un niño o una niña en las redes sociales?
Detrás de cada fotografía hay alguien que está construyendo su identidad. Alguien que todavía no puede dimensionar qué significa que su imagen circule, sea guardada o compartida por personas desconocidas. La infancia es un tiempo de descubrimiento, de intimidad y de construcción subjetiva. Los niños tienen derecho a ser más que las imágenes que otros eligen mostrar de ellos.
Que podamos publicar algo no significa necesariamente que debamos hacerlo. No todo lo valioso necesita hacerse público para existir, ni todo recuerdo necesita una audiencia.
En este sentido, hay un gesto cotidiano que merece especial atención: pedir permiso antes de publicar una fotografía de un niño o una niña. Ser abuelos, tíos, padrinos, amigos o familiares no nos otorga automáticamente el derecho a decidir sobre la exposición de su imagen. El vínculo afectivo no reemplaza el consentimiento de sus adultos responsables.
Los niños pequeños todavía no pueden comprender el alcance ni las posibles consecuencias de la circulación de una imagen en internet. Por eso, la responsabilidad de proteger su intimidad recae sobre los adultos. No se trata de dejar de compartir la alegría de verlos crecer, sino de preguntarnos qué compartimos, con quién y para qué.
Acompañamiento y protección
Amar a un niño también implica reconocer que es una persona distinta de nosotros, que su historia no es una extensión de la nuestra y que su imagen no nos pertenece por completo. Nuestra responsabilidad no es solamente acompañar su crecimiento, sino también proteger aquello que todavía no puede elegir ni resguardar por sí mismo.
Quizás, una de las formas más profundas de cuidar sea comprender que no todo lo que vivimos con las infancias necesita ser compartido. Algunas escenas pueden permanecer en la intimidad familiar, sin comentarios ni reacciones, simplemente porque son valiosas en sí mismas.
Las infancias no necesitan aprender tan temprano a ser miradas. Necesitan adultos capaces de cuidar su intimidad. También respetar sus derechos y comprender que el amor no necesita ser exhibido para ser verdadero.
Porque cuidar también es preguntarnos qué imágenes elegimos no compartir. Y entender que proteger la intimidad de las infancias es, también, una forma de quererlas.
“EL AMOR NO NOS DA DERECHO A EXPONER. NOS DA LA RESPONSABILIDAD DE CUIDAR”.

Licenciada en Psicología
Atención Adolescentes – Adultos
lic.rosariodurigon@gmail.com

