Solemos asociar el duelo exclusivamente con la muerte. Sin embargo, el duelo es una experiencia humana mucho más amplia. Es la respuesta psíquica frente a una pérdida significativa. Y perder no es solamente que alguien muera. Es también que algo cambie, que algo termine, que algo ya no sea como era.
Se hace duelo por una persona que fallece, sí. Pero también por una separación, por una amistad que ya no encuentra lugar, por un cambio de escuela, por mudarse de casa, por dejar un trabajo, por un cuidador que ya no está. Incluso se hace duelo por aquello que nunca llegó a ser, el proyecto que no se concretó, el hijo que no llegó, la versión de nosotros mismos que imaginábamos.
Cada vez que la realidad nos obliga a soltar una forma de estar en el mundo, algo en nosotros necesita reacomodarse.
Freud hablaba del “trabajo de duelo”: un proceso interno, muchas veces silencioso, a través del cual vamos retirando la energía puesta en aquello que perdimos para poder investir nuevamente la vida. No es un olvido, ni una traición a lo que fue. Es una transformación del vínculo.
El duelo no es lineal
No avanza en etapas prolijas. A veces creemos que “ya está” y, de pronto, algo lo reactiva, una fecha, un olor, una canción, un recuerdo inesperado. El tiempo ayuda, pero no hace el trabajo por sí solo. Lo que verdaderamente permite elaborar una pérdida es poder simbolizarla, hablarla, llorarla, compartirla.
También es importante decirlo: el duelo no siempre se presenta como tristeza. Puede aparecer como enojo, irritabilidad, cansancio, desconexión o incluso como una aparente indiferencia. El psiquismo encuentra sus propios modos de protegerse cuando algo duele demasiado.
En la infancia, por ejemplo, un cambio de cuidador, una mudanza o la ausencia repentina de alguien significativo pueden vivirse con la intensidad de una catástrofe. Y en la adultez, una ruptura amorosa o la pérdida de un trabajo pueden tambalear la identidad misma.
Doler es parte de estar vivos. Lo problemático no es el dolor, sino la imposibilidad de transitarlo.
El duelo necesita tiempo, palabras y, sobre todo, un otro que pueda alojar. Cuando hay escucha, cuando hay permiso para sentir sin apuro, la pérdida deja de ser solo ausencia y puede transformarse en experiencia. Algo se rompe, sí, pero también algo se reorganiza.
No se trata de “superar” lo perdido, sino de encontrar una nueva forma de llevarlo con nosotros.
Porque el duelo no es el final del vínculo. Es su transformación, ya que toda pérdida deja una marca. No siempre se ve, pero modifica algo en la trama subjetiva.
A veces, esa marca interna encuentra un correlato en el cuerpo. Algunas pérdidas no solo dejan huellas psíquicas; también buscan una inscripción visible.
Los tatuajes, los piercings, las cicatrices elegidas o resignificadas pueden funcionar, en algunos casos, como intentos de simbolizar una ausencia, de transformar el dolor en signo. Allí donde la pérdida fue vivida como pasiva, la marca introduce una dimensión de elección.
En ocasiones, marcar el cuerpo puede ser un modo de elaborar, recordar, resignificar.
No toda marca es duelo. Pero todo duelo deja marca.
Dejo preguntas disparadoras para pensarse.
¿Qué marcas visibles o invisibles hablan de tus perdidas?
Además, ¿qué parte de vos cambió después de aquello que ya no está?
¿Qué lugar le damos al dolor en una cultura que apura al olvido?
¿Qué aprendiste de aquello que ya no está?

Licenciada en Psicología
Atención Adolescente – Adultos
lic.rosariodurigon@gmail.com
Ig: @lic.rosariodurigon

