La madre que soñaste ser

Desde muy chiquitos, nos imaginamos a nosotros mismos en el futuro. Construimos distintas versiones de ideales en los que nos gustaría convertirnos algún día.

Estas reflexiones, van de la mano de la pregunta: ¿Estas donde querías estar cuando te imaginabas a esta edad?.

Por ejemplo, si alguna vez, antes de ser madre, te pensaste mamá; seguramente, lo que se te vino a la cabeza, es un prototipo tuyo lleno de características maravillosas y suelta de defectos, errores y de sombras.

La pregunta entonces sería: ¿Sos la madre que pensaste que serias cuando te imaginabas mamá?

Esa imagen extraordinaria, pulcra e intachable, está constituida por miles de elementos que nos circundaron a lo largo de nuestra vida.

Muchos, muchos mandatos y sin duda, aquel cuidador que nos maternó, tiene una impronta muy fuerte en la madre en la que nos convertimos.

Tanto por su presencia como por su ausencia, por las similitudes y por los antagonismos; una madre tiene un papel muy importante en la constitución de cada sujeto y por ende en como ese sujeto luego, encarne su propia función materna.

¨Cuando sea madre esto no me pasará”

Esto que hacia mi madre conmigo yo no lo hare con mis hijos”

Estas y otra sucesión de frases que aparecen en muchas consultas, no hacen más que demostrar qué, la forma en que nos maternaron, nos deja una huella y nos atraviesa de tal manera, que influye de manera relevante, en nuestra forma de maternar.

Esto será así, tanto en la crianza, la educación, como en la forma de vincularnos. En nuestras elecciones, nuestros aciertos y nuestros intentos.

Incluso, nosotras mismas, cuando elegimos maternar por segunda o tercera vez…. no somos las mismas madres.

Intentando aprender de nuestros errores, sumando experiencias, relajándonos en algunas cosas, y prestando mayor atención en otras.

Hijos distintos con los que se construirán vínculos muy disímiles y convocaran así, a las diferentes versiones de madre que nacieron con cada uno de ellos.

Sin duda, ninguna esta ni cerca de parecerse a lo que imagino alguna vez o pensó que podría ser como mama´.

La maternidad rosa, abrazada por miles de mandatos, de miradas sentenciosas nos hace muy difícil no ser nuestras propias “cazadoras de malasmadres”.

Somos las primeras en sentir culpas, en juzgarnos a nosotras mismas.

Cada noche, muchas mamás cuando se van a dormir, se lamentan y sienten culpa por lo que no fue, por lo que no se pudo, por los momentos de poca paciencia, por el juego no compartido y por todo aquello que debió ser.

Porque siempre se espera un poquito más de nosotras, siempre “no alcanza”.

No sabemos muy bien para quien.

Esos ojos imaginarios que en un constante escrutinio nos interpelan. Nos traen dudas y culpas y subrayan todo el tiempo lo que no fue, lo que podría haber sido.

Quizás es hora, de acostarnos cada noche, pensando en lo que sí se pudo. En lo que esta madre en la que nos hemos convertido a logrados en esta porción de vida, mas allá de las dificultades, de los tropiezos, los cansancio y las exigencias.

Lo que salió bien, lo que se convirtió en un lindo momento. La sonrisa regalada, la canción sorpresa que salvo algún berrinche, una mirada cómplice o una manito haciéndonos compañía.

La maternidad es tanto una sumatoria de hechos memorables como una innumerable cantidad de pequeños momentos trascendentales, de sonrisas robadas y de abrazos cálidos y tiernos. De curar heridas y de enojarnos y desenojarnos. De compartir meriendas y de agarrarnos la cabeza.

Sin dudas, somos mucho mejores madres de lo que alguna vez nos pudimos imaginar. Porque esas madres que soñábamos, no eran reales.

Hoy somos madres de carne y hueso. Cansadas, agotadas.

Somos madres que no pueden con todo, pero hacen lo que si pueden con aquello que tienen.

Eliana Patterer

eliana.patterer@gmail.com

Lic. en Psicología

Especialización en Maltrato en la Infancia 

@emesmujerymama

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