Desde antes de la llegada al seno familiar el niño ha sido nombrado, introducido en el lenguaje por el deseo y sujetado en la palabra. Al interpelarnos sobre cómo se llamará, cómo serán sus ojos, a quién se parecerá; al interpretar movimientos y asignarles significaciones ( se mueve porque le gusta el chocolate) estamos brindando el estatuto de sujeto y de interlocutor activo.
Durante la vida intrauterina habrá comunicación con quien lo gesta, pudiendo percibir el latido cardíaco, la tensión uterina, la voz materna y el tacto contacto cuando acaricia o masajea su vientre. El bebé aprenderá diferenciar situaciones y emociones y responderá en consecuencia (mamá tranquila: frecuencia cardiaca pausada, frecuencia respiratoria pausada, normotensión uterina; el bebe asocia (bienestar materno y seguridad). Es decir que, desde antes del nacimiento nuestros hijos están inmersos en el mundo de la comunicación y el lenguaje.
Al nacer esperan encontrarse con ese cuerpo que los ha alojado, del que ya conocen y entienden lo que comunica aún sin palabras. Es en el primer abrazo y la primera mamada donde el cachorro humano encontrará la seguridad para crecer tranquilo y óptimo para aprender. La naturaleza le ha dado un arsenal de reflejos y reacciones que lo habilitarán a comunicarse con el mundo aún sin palabras y que, a su vez, serán pilares para el aprendizaje y apropiación de la lengua materna. Este arsenal está conformado por:
Reflejo de prensión palmar y plantar que le permitiría sujetarse al cuerpo adulto si tuviéramos vellos.
Reflejo de hociqueo, búsqueda y succión -fundamentales para alimentación.
Respiración y deglución imprescindibles para la supervivencia.
Llanto y grito, reacciones que promueven la atención por parte del adulto.
En íntima conexión corporal se entablará un modo comunicación denominado «diálogo tónico postural» puesto que el tono muscular del bebé impactará en el tono muscular del adulto y viceversa; pudiendo así brindar seguridad, relajación y bienestar o bien lo contrario. Este diálogo es la primera matriz comunicacional, el pilar de lo que será lo dialógico desde la palabra. Daré un ejemplo, un adulto que sostiene al bebé con temor a que le caiga seguramente estará tenso, su brazo rígido e inestable. El bebé percibirá esto, se tensionará y aumentará su tono muscular, para descargar la tensión llorará y el adulto buscará calmarlo o bien vendrá otro adulto a su cuidado. A esta situación se sumaría «el baño de palabras que la acompañarían» Contarle lo que sucede, interpretar el llanto, mencionar las acciones tendientes a calmar al bebé.
Aupar el bebé, portearlo, mostrarle el mundo con el sostén del cuerpo y la palabra promueve la comunicación y así la organización, aprendizaje y apropiación de la lengua.
Es en ese sostén primario, rodeado de palabras, de voz melódica (mamanais) y de mirada que sostiene en donde el bebé es posicionado como sujeto, deseante de amor y de comunicar.
En ese contacto primario intervienen hormonas y neurotransmisores vinculadas al amor y al bienestar como la oxitocina y las endorfinas, por lo que el bebé se encuentra en un estado óptimo para desarrollarse y aprender. En los primeros meses de vida, es sobre el cuerpo de quien materna desde donde el bebé se relaciona con el mundo circundante, cerca de la figura de apego, del calor nutricio-amoroso y del alimento podrá ir percibiendo y diferenciando los estímulos que el mundo exterior ofrece, para paulatinamente separarse y explorarlo activamente.
Es en el abrazo en donde el bebé se siente seguro y disponible para comunicar y aprender.
Tener a nuestro bebé cerca nos permite comprender a tiempo los indicadores de hambre, sueño u otro malestar y de tal modo ponerle palabras y así, también responder a esa demanda primal que poco a poco el bebé irá perfeccionando en llanto, sonidos y primeras palabras.
Abracemos, miremos a los ojos y hablemos a nuestros hijos desde la panza porque el mejor estímulo es el amor.
Lic. en Fonoaudiología
María Fernanda Gómez

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