El deseo desesperado de evitarnos el dolor aparece como algo completamente natural en los seres humanos. Es más, en todos los seres sintientes sobre esta tierra.
Nos negamos rotundamente a que algo nos duela, por eso nos comportamos como animales que huyen ante la amenaza de un peligro y emprendemos la «huida» ante la posibilidad de que eso suceda. Así, pues, comenzamos a distraernos y nos inventamos actividades y planes, llenando una agenda completa con tal de no sentir dolor. O peleamos internamente para que las cosas sean diferentes. Generamos resistencia.
Ojo, distraernos no siempre es escapar. A veces, cuando el dolor es muy intenso, tomar distancia por un rato es una forma sana de cuidarnos. El problema aparece cuando escapar se vuelve la única forma que tenemos de relacionarnos con lo que sentimos.
El asunto, el GRAN asunto es que el dolor es inevitable. Es inherente a la vida como lo es respirar. Sin respiración no hay vida, y tampoco hay vida sin dolor.
Por tal motivo, el favor más grande que podemos hacernos a nosotros/as mismos/as es aprender a atravesarlo, a aceptarlo, a gestionarlo, a convivir con él sin que nos rompa. Ser conscientes de esto y dar luz al dolor es fundamental para vivir con menos sufrimiento.
Seguramente hemos escuchado alguna vez esto de que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. Ahora bien, ¿cómo sería eso?
El dolor emocional es lo que sentimos ante una pérdida, una herida o una frustración, algo que lo provoca (como sucede con todas las emociones). El sufrimiento, en cambio, es la resistencia que generamos ante este. Es decir, esa pulseada interna entre el dolor que busca manifestarse y la negación o la no aceptación. Eso es lo que provoca el sufrimiento.
Darle espacio y transitarlo es la forma adecuada de atravesarlo para no sumarle sufrimiento.
Aquí, la práctica de mindfulness puede ser una gran aliada, ya que nos permite darnos cuenta de lo que nos está sucediendo para darle lugar con aceptación y sin juicio. Y sin escapes. Frenar, atender el dolor, validarlo, darle espacio y atravesarlo es la forma más sana de vivirlo.
Tal como dije, es inherente a la vida como lo es la respiración, y aquí tenemos una herramienta poderosísima con la que contamos a cada paso. Aprender a respirar conscientemente para utilizar el cuerpo como canalizador de emociones es una gran herramienta para gestionar el dolor y evitarnos el sufrimiento innecesario.

Intructora de Mindfulness

